Sueños en piedra.

Ágata, probablemente procedente de Rio Grande do Sul, Brasil. Colección Roger Caillois. Galería de Mineralogía y Geología del Museo Nacional de Historia Natural de Francia, en París. Fotografía: © Marie-Lan Nguyen / Wikimedia Commons.



Ágata, probablemente procedente de Rio Grande do Sul, Brasil. Colección Roger Caillois. Galería de Mineralogía y Geología del Museo Nacional de Historia Natural de Francia, en París. Fotografía: © Marie-Lan Nguyen / Wikimedia Commons.



Ojo de ónix en cristal de roca de Artigas, Uruguay.  Colección Roger Caillois. Galería de Mineralogía y Geología del Museo Nacional de Historia Natural de Francia en París. Fotografía: © Marie-Lan Nguyen / Wikimedia Commons.



Roger Caillois en París, 12 de octubre de 1978. Fotografía: Sophie Bassouls. Gentileza: press.lecolevancleefarpels.com



Litófisis, probablemente procedente del desierto de Black Rock, Nevada, EE. UU. Colección Roger Caillois. Galería de Mineralogía y Geología del Museo Nacional de Historia Natural de Francia en París. Fotografía: © Marie-Lan Nguyen / Wikimedia Commons.



Irina Podgorny

(Quilmes, Argentina, 1963).


Historiadora de la ciencia. Doctora en Ciencias Naturales (Universidad Nacional de La Plata, Argentina). Investigadora Principal del CONICET en el Archivo Histórico del Museo de La Plata. Profesora Invitada en universidades y otras instituciones nacionales e internacionales. Presidente de la Earth Science History Society (2019-2020), desde 2021 es miembro del Consejo de la History of Science Society (HSS), donde está a cargo de su comité de Reuniones y Congresos.


Autora de numerosos libros, este año publicó Florentino Ameghino y Hermanos. Empresa argentina de paleontología ilimitada (Edhasa, Buenos Aires, 2021) y Los Argentinos vienen de los peces. Ensayo de filogenia nacional (Beatriz Viterbo, 2021). Sus artículos se han publicado entre otras revistas en Osiris, Science in Context, Redes, Asclepio, Trabajos de Prehistoria, Journal of Spanish Cultural Studies, British Journal for the History of Science, Nuncius, Studies in History and Philosophy of Biological and Biomedical Sciences, Museum History Journal, Journal of Global History, Revista Hispánica Moderna, etc.


Asidua colaboradora de la Revista Ñ y de la Revista Hilario, dirige la Colección "Historia de la ciencia" en la editorial Prohistoria de Rosario, donde en 2016 se publicó el Diccionario Histórico de las Ciencias de la Tierra en la Argentina, gracias a un proyecto de divulgación científica del CONICET.


Sus publicaciones pueden consultarse: AQUÍ


Por Irina Podgorny *

Miembro del grupo surrealista, Roger Caillois [Reims, 1913 - País, 1978], fundó junto a George Bataille el Colegio de Sociología, donde conoció a Victoria Ocampo en 1939, quien había concurrido a una de sus conferencias y literalmente enamorada, lo invitó a dar un ciclo de charlas en Argentina; aquí lo encontró el estallido de la Segunda Guerra Mundial.


Ya de regreso en Francia, Caillois creó para Gallimard una celebrada colección, La Croix du Sud, en la que se publicaron destacados autores hispanoamericanos. Además, cuenta Héctor Bianciotti, «Era un hombre profundamente inteligente que tenía una pasión: las piedras, o mejor dicho, las formas que se encuentran en el corazón de las piedras.» [Nota del editor]


Entre el 6 de noviembre del 2025 y el pasado 29 de marzo, las salas de la Escuela de Joyería de París invitaron a recorrer RÊVERIES DE PIERRES. Una retrospectiva que, reuniendo unos doscientos especímenes de la colección de minerales del escritor francés Roger Caillois [1913-1978], los presentó como una parte central de su obra, de sus ideas sobre el arte y la naturaleza y del proceso por el cual empezó a ver en esas piedras una escritura entre cuneiforme y jeroglífica hecha por la misma Tierra.

 

La exposición fue concebida por François Farges [1962-], un especialista en mineralogía ambiental, es decir en la huella de los metales pesados en el paisaje y en los ambientes naturales. Pero Farges también se ha dedicado al patrimonio mineralógico de los museos de su país, en particular a la historia de las gemas más icónicas, como el diamante azul de la Corona de Francia robado en 1792 y el gran zafiro de Luis XIV, una joya procedente de la actual Sri Lanka. Desde 2006, Farges es profesor en el Museo Nacional de Historia Natural de París, institución que, tras la muerte de Caillois, conserva un millar de las piedras semipreciosas que, un poco por azar, el escritor empezó a juntar en 1952. Farges ha estado a cargo de la primera donación de dos centenas de rocas recibida entre 1983 y 1985, a la que, treinta años más tarde y gracias al mecenazgo de la firma Van Clef & Arpels, sostén de la Escuela donde se hace la exposición, se sumaron otras mil. Algunas, se exhiben de manera permanente en la entrada de la Galería de Mineralogía del Jardín de Plantas. Otras, pudieron verse en 2021 en Piedras preciosas, bajo el mismo patronato y gran éxito de público, otro indicio del amor de los franceses por el brillo de las joyas que, por lo visto, a veces los lleva al crimen.

 

Los ejemplares de Caillois, viajero empedernido, amante de la Argentina y del continente americano, no proceden de sus aventuras en las canteras o en las minas, sino de la compra a través de agentes especializados en piedras de todo tipo. Caillois, puede decirse, recopiló una historia de la contingencia hecha ágata o calcedonia en tiempos inmemoriales, sin testigos, en territorios sin nombre pero que hoy se llaman Minas-Gerais, Karelia, Río Uruguay, Japón, China o Madagascar. Cientos de trozos de cuarzo y sílex que, viaje tras viaje, se fueron acumulando en las vitrinas montadas en su domicilio, piezas que, según la ocasión las nombraba como «objetos de encrucijada o bisagra», «objetos feéricos» o «piedras estéticas o pictóricas». Caillois se sacaba fotos con ellas, las mostraba con deleite a quienes lo visitaban y, muy esporádicamente, las dio a conocer en las galerías de arte de sus conocidos parisinos, como ocurrió en 1965 en la galería de Katia Granoff.

 

En torno a ellas elaboró sus reflexiones sobre la relación entre el arte, la naturaleza y la imaginación que, a partir de 1959, aparecieron en diversos ensayos, entre ellos La escritura de las piedras, su obra más famosa sobre el asunto, publicada en 1970 por la casa de Albert Skira, el editor suizo-francés especializado en presentar series de historia del arte y a los surrealistas, uno de los motores de la revista Minotauro. Ese libro, como la exposición, reunía textos e imágenes, un testimonio de los procesos de imaginación y escritura que se desencadenaban, guiado por la pregunta acerca de si la seducción de las figuras podía impedir su análisis. El demonio de la analogía, al que le temía, probablemente se lo tragó, porque en toda la disquisición sobre las piedras -esas que, según él, no generan el interés de nadie y a todos preceden-, Caillois olvida a los humanos -sus contemporáneos- que están detrás de ellas.

 

Así, en el texto que abre la exposición, Caillois sostiene que va a referirse a «Piedras que no le interesan a la arqueología, ni al joyero ni al artista, que no están en los anillos ni en las diademas, en las tumbas o las estatuas». Probablemente, pero lejos de ser un testimonio directo trazado por el planeta, esas piedras figuradas llegaron a él y a tantos otros a través de tradiciones renacentistas y de múltiples intermediarios, mercaderes y artesanos que aprendieron a encontrar, cortar, pulir y a presentar como paisajes los resplandores de las ágatas del mundo entero. Basta tomarse un tren de París a Saarbrücken y transbordar a Idar-Oberstein, un pueblo que nadie conoce pero que, desde mediados del siglo XIX, es uno de los centros globales del comercio y de la industria de las piedras. Los artesanos y familias allí radicados, luego de que las ágatas locales se agotaran, empezaron a comprar aquella materia bruta en Brasil, Uruguay, África y Nueva Zelanda para devolverla a esos territorios listas para la venta o para ofrecerla a compradores más cercanos. Idar-Oberstein, en sus dos museos, el de gemas y el de minerales, exhibe el mismo tipo de objeto que desveló e hizo soñar a Caillois pero, a diferencia de la exposición de París, aquí se ve la historia del trabajo humano de esas piedras: varias salas despliegan los instrumentos, las posiciones del cuerpo, los modelos de molino y de taller, el uso del agua y las máquinas necesarias para cortar, pulir y, de este modo, obtener varios cortes con figuras fulgurantes y líneas grabadas por la Tierra Madre. Para evitar las dudas: la calcedonia, el sílex, se configuran de ese modo, en bandas de varios colores poco contrastados, pero, para que sean visibles, vendibles o legibles, alguien -un artesano con el conocimiento y los callos necesarios para hacerlo- tuvo que pasar horas, acostado boca abajo, y domar la dureza del material.

 

Quizás Caillois tendría que haber insistido más en la lectura de las piedras y no tanto en esos trazos garabateados por un [co]autor más humano que terrestre. Como fuera, en 1971, fue elegido miembro de la Academia Francesa y como futuro «inmortal», hubo de confeccionar su espada, ese símbolo que forma parte del uniforme de los académicos, heredado de la nobleza y que, con empuñaduras personalizadas, reflejan la vida y obra del elegido. La espada se financia mediante una suscripción entre amigos y admiradores o de su propio bolsillo. La exposición reserva una vitrina especial para la espada de Caillois -habitualmente en el Museo de las Confluencias de Lyon- y los textos que este escribió sobre su significado. Para su diseño y confección, Caillois había elegido entonces al joyero Jean Vendôme [1930-2017] y piedras que representaban a esa naturaleza y a esa historia de viajes que le eran caras: la Cruz del Sur -la constelación que marcó su destino y el nombre de la colección que editaba en Gallimard-; la moldavita de Bohemia para recordar el país de su esposa Aléna; turmalina como representación del Brasil y una pieza tomada de su colección personal, «una piedra del espacio caída sobre la Tierra». A ellas se sumaban el oro blanco, el acero, los diamantes, el cuarzo, el berilo, la amatista y la obsidiana.

 

La exposición concluye con la presentación de «Piedras Anagógicas», unos textos hallados en 2023 en la biblioteca de Vichy, fragmentos de una obra literaria inconclusa. La anagogía hace referencia a la obra de Bernard de Clairvaux, quien en el siglo XII pregonaba la elevación del espíritu hacia lo divino a través de las piedras. Uno de los méritos de esta exposición, además de la belleza del montaje, es haber reunido lo que separó la historia: las piedras en las que se inspiró Caillois, hoy conservadas en el Museo de Historia Natural, con los libros y los manuscritos de Vichy para definir esto que, en palabras de Farges, constituye el testamento poético-mineralógico de un inmortal. 


* Especial para Hilario. Artes Letras Oficios


Suscríbase a nuestro newsletter para estar actualizado.

Ver nuestras Revistas Digitales