El Museo Nacional de Bellas Artes y la exposición «Itinerarios artísticos entre la Argentina y España [1880-1930]»

Joaquín Sorolla y Bastida, La vuelta de la pesca, 1898. Óleo. Colección Museo Nacional de Bellas Artes. Fotografía: Gentileza MNBA.



El público aprecia la obra de Anglada Camarasa, Retrato de María Teresa Ayerza de González Garaño, 1928. Óleo. Colección Museo Nacional de Bellas Artes. Fotografía: Gentileza MNBA.



Ignacio Zuloaga y Zabaleta, Gitanilla, sin fecha. Óleo. Colección Museo Nacional de Bellas Artes, Buenos Aires. Fotografía: Gentileza MNBA.



Atilio Boveri, Paisaje de Mallorca [El Castell del Rei], ca. 1912-1914. Óleo. Museo Nacional de Bellas Artes, Buenos Aires.



Estudio de Sorolla en el Pasaje de la Alhambra. Madrid, 1897. Fotografía: Sociedad Artístico Fotográfica. Colección Museo Sorolla.



Sonia Decker


Directora de CONSULTART/dgb, consultora con más de treinta años de actuación en el mercado de arte local. 


Licenciada en Publicidad (USAL). 


Fue Perito judicial en Arte, y Profesora de “Mercado del Arte” en las Universidades del Salvador y del Museo Social Argentino.


Integró el grupo fundacional del Museo de Arte Tigre, teniendo a su cargo la adquisición de las obras de su colección permanente.


Artista pintora, ha realizado sus últimas muestras individuales en las galerías VYP, Arroyo y Librería Menéndez.


Por Sonia Decker *

La fría tarde de un domingo otoñal invitaba a caminar hacia el Museo Nacional de Bellas Artes, donde curiosamente, muchos jóvenes y turistas ingresaban a ver las diferentes muestras y la siempre destacada Colección Permanente.

 

Fui con la intención de visitar “Itinerarios artísticos entre la Argentina y España (1880-1930). La exposición, curada por las investigadoras del Museo, Florencia Galesio, Paola Melgarejo y Patricia Corsani, incluye pinturas, esculturas, grabados, fotografías, catálogos y objetos que son patrimonio del Museo y de otras instituciones. Forma parte de un proyecto de intercambio entre especialistas de España y Latinoamérica, impulsado por el Departamento de Bellas Artes y la Facultad de Filosofía y Letras de la Universidad de Granada.

 

Las dos salas que integran la exhibición son lo suficientemente amplias como para que el recorrido sea amable y de fácil lectura visual. Los textos que detallan el desarrollo del tema son completos y abarcativos.

 

Apenas ingresar, una espléndida figura femenina del argentino Jorge Bermúdez, nos da la bienvenida para ponernos en clima. Entramos a los albores del siglo XX iluminados por las luces y los colores vibrantes de una cofradía de artistas que trabajaron unidos tanto en Argentina como en España, sin que pareciera existir un océano de por medio. En instantes se percibe la fusión de ambas culturas de manera evidente.

 

Varios de nuestros artistas cambiaron por un tiempo París por España, trasladándose a Madrid, Valencia, Toledo, Segovia, Mallorca, Granada, Vigo y Barcelona. Hubo en ellos una búsqueda de nuestras raíces y un acercamiento a las vanguardias europeas. Y en los maestros españoles la certeza de que la burguesía de origen hispánico, adinerada y próspera radicada en nuestro país, comenzaba a interesarse en atesorar recuerdos vinculados a su tierra lejana. Este motivo los trajo a Argentina para que aquí no solo se dedicaran a la docencia como lo hacían también en España, sino que comprobaron la existencia de un mercado muy fluido y prometedor para la comercialización de sus obras.


José Antonio Terry [Buenos Aires, 1878-1954], después de visitar España regresa a nuestro país en 1911. Desde ese momento realizará la mejor parte de su producción artística retratando tipos norteños con la absoluta influencia de lo aprendido en Europa. El tratamiento del poncho rojo de la gran figura que protagoniza su obra «Al bajar del cerro» [1925, Colección Museo Sívori] es muy similar al de la «Gitanilla» de Zuloaga, ubicado muy cerca, detalle que permite la inmediata comparación.

 

Avanzando unos metros, se nos impone un inmenso retrato de la Sra Maria Teresa Ayerza de González Garaño [Colección Museo Nacional de Bellas Artes], pintado por Hermenegildo Anglada Camarasa [Barcelona, 1872 - Pollensa, Mallorca, 1959]. El artista la presenta rodeada de una sinfonía de verdes, rosados y blancos. Luce algo tímida y modernísima envuelta en un torbellino circular multicolor. El sol del mediodía es invasivo y envolvente.


Hacia 1904, Anglada Camarasa vivía en París y daba clases en la Académie Vitti. Tuvo muchos alumnos argentinos que lo siguieron más tarde a su taller en Montmartre. Unos años después, en 1913 anima a sus discípulos a visitar Mallorca. Entre ellos se destacaron Rodolfo Franco, Tito Cittadini y Gregorio López Naguil.

 

El 3 de agosto de 1914, Alemania declara la guerra a Francia. Otro grupo de alumnos se instalaron en la isla pues Mallorca les ofrecían no sólo un relativo sosiego sino la búsqueda de lo nuevo.

 

Una obra de pequeño formato y excelente factura, representa en pocos trazos la figura de un marinero. Su autor es Joaquín Sorolla y Bastida [Valencia, 1863 - Cercedilla, 1923). No había secretos para el valenciano en lo que respecta al sostén estructural que el dibujo tenía en su producción artística.

 

Muchas veces, visitando la Colección permanente del Museo Nacional, me he detenido frente a «La vuelta de la pesca» [1898].  Esta gran obra fue adquirida en el Salón de París de 1900 por César Cobo y su señora, coleccionistas que formaban parte del círculo vinculado al marchand José Artal en Buenos Aires. En este lienzo, Sorolla, el máximo exponente de la «España blanca», se impone en cada mínima porción de pintura con absoluto acierto tanto compositivo como colorístico. Con pinceladas ágiles y seguras al mismo tiempo, sin arrepentimientos y con inusitada soltura nos sitúa frente a la playa, pero dejándonos incursionar presencialmente en la escena. Sentimos el viento, los aromas marinos, el bullicio de los niños y los gritos de los pescadores arriando las velas. Sorolla pinta viendo, observando, la mano suelta y el grafismo constante dentro de su esquema de pensamiento. John Singer Sargent [Florencia, 1856 - Londres, 1925] y Sorolla han sido los maestros de la captación del instante.

 

Unos pasos más adelante, el cordobés Francisco Vidal [Córdoba, 1887-1980] tan desvalorizado por el mercado argentino en la actualidad, inmortaliza en una tela fechada en 1924 a tres mujeres segovianas [Colección Museo Caraffa, Córdoba]. Vibran los azules puntillistas en sus rostros tristes y nostálgicos. El paisaje de fondo mantiene la misma paleta violácea y fría de los personajes femeninos que transmiten la más absoluta desesperanza en una España dolida y sufriente.

 

Ignacio de Zuloaga [Eibar, 1870 - Madrid, 1945], maestro en España y pintor de renombre absoluto en Buenos Aires, impacta con «Las brujas de San Millán», un cuadro inmenso que invita a ser recorrido lentamente. Lo hemos visto muchas veces expuesto en las salas de nuestro Museo Nacional, pero tal vez en este contexto, se luzca más aún y cobre un sentido más profundo. Fue pintado por el artista vasco en una de sus estadías en Segovia en el año 1907. Las siete ancianas, modelos reales, reflejan el terror que las invade con el recuerdo de un asesinato ocurrido en el pueblo castellano, muy cerca del taller de Zuloaga. El artista recrea sin duda la «España negra» iniciada por Goya, con reminiscencias del tenebrismo de Caravaggio. Retoma de este modo la idea de los paisajes olvidados y la gente humilde, recuperando de alguna manera todas las características que conformaban la estética española hasta el momento.

 

La sociedad porteña fue retratada en varias ocasiones por Zuloaga, como también por Sorolla o Julio Romero de Torres, todo un símbolo de status habitual en las familias de clase alta. La prosperidad económica orientó de alguna manera el gusto de la burguesía hacia el naturalismo, rasgo característico de estos grandes maestros de la figura.


Vista parcial de una de las salas de exhibición, en primer plano, La pescadora [sin fecha], de Fernándo Alvarez de Sotomayor y Zaragoza. Colección Museo Nacional de Arte Decorativo. Fotografía: Gentileza MNBA.


Imposible no detenerse en «La pescadora» de Fernando Alvarez de Sotomayor y Zaragoza [Ferrol, 1875 - Madrid, 1960]. Formado en Roma y en los Países Bajos dirigió por varios años la Escuela de Bellas Artes de Chile. Si bien la obra podría encuadrarse dentro de los cánones academicistas, pertenece a su etapa de madurez en Galicia. La figura femenina, de serena belleza, contempla de frente al espectador a pesar de encontrarse en una postura de medio perfil. Su mirada dulce ocupa de inmediato el centro de atención. Los grises en infinitas gamas, sólo se interrumpen con el rojo de los cabellos de la joven gallega. Un pescado grisáceo de gran tamaño rompe con su tremenda horizontalidad la estructura vertical que sostiene la escena.

 

Atilio Boveri [La Plata, 1885-1945], pinta «Paisaje De Mallorca [El Castell del Rei]», circa 1912/1914. Si bien se radicó en Pollensa [Mallorca], se mantuvo al margen de la colonia de artistas que allí residían, y prefirió compartir su vida con pescadores y campesinos. Esta fortificación ubicada en la zona montañosa de Pollensa, transmite una sensación inusual de misterio. En algún momento el cielo puede confundirse con el mar, trabajado con pinceladas concéntricas de gruesos empastes. La obra pertenece a la Colección del Museo Nacional de Bellas Artes.

 

Durante la Exposición del Centenario de 1910 conmemorando nuestra Revolución de Mayo, la representación española tuvo un gran impacto en Buenos Aires. Los premios obtenidos por Zuloaga y Anglada Camarasa introdujeron cambios en la estética captando la atención del público porteño. Muchas de estas piezas fueron incorporadas al acervo del Museo Nacional de Bellas Artes, consolidando la asociación del coleccionismo privado con el ámbito público de los museos.

 

Recorrer esta exposición nos lleva a recordar la relevancia de Argentina a fines del siglo XIX y principios del XX. Eramos sin duda uno de los países más ricos del planeta. Con España nos unían lazos de toda índole, pero fundamentalmente culturales y sociales. El arte es un vivo reflejo de esta fraternidad que actualmente, no se siente de la misma manera. La pintura figurativa ha caído en una suerte de limbo indescifrable. Esta visión diferente puede atribuírse a varias razones como el cambio en el gusto, la influencia del arte contemporáneo, la pérdida del interés por las raíces, o la falta de investigación y conocimiento de la historia, entre otras. Esta muestra, nos permite ver exactamente lo contrario de una tendencia que parece avanzar sin retorno. Revalorizar la buena pintura de grandes maestros es algo que resulta innegable y refresca nuestra memoria. Lo que en un instante hoy logran las redes sociales en beneficio de la información universal, antes llevaba meses de correspondencias, viajes de ultramar, catálogos impresos en papel [que aún perduran y se ven exhibidos en la muestra], y fotografías en blanco y negro, testigos de una época, en este caso de gran bonanza.

 

Excelente desafío el de haber organizado esta exposición, que merece verse aunque solo sea para el deleite del buen oficio pictórico, y para sumergirnos por unas horas en un mundo que ya no existe pero que es parte de nuestra historia. El arte hermana pueblos y culturas demostrando en silencio que no existen teorías estéticas absolutas ni únicas. La magia de la buena pintura no se agotará jamás.

 

*Especial para Hilario. Artes Letras Oficios


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