Milán Fuorisalone 2026, cuando la ciudad se abre al diseño

Milán en una semana distinta. Fotografía: Despina Galani.



Colores y formas ocupan espacios en desuso dando vida a la Semana del Diseño. House of Creatures del Centro para la Creatividad del Museo de Arquitectura y Diseño en Eslovenia. Fotografía: Gentileza Museum of Architecture and Design, Slovenia.



La ciudad es una fiesta, salvo cuando las filas son interminables… Fotografía: Chiara Venegoni.



El diseño llega al punto de lo sagrado dentro de la Iglesia del Hospital Militar Baggio. Fotografía: Leo Lague+Versa.



Ion Rodriguez Galtero 


Un apasionado del arte con formación en comunicación y gestión cultural. Estudia en SDA Bocconi La SDA Bocconi School of Management, la escuela de negocios de posgrado de la Universidad Bocconi de Milán y Roma, y ha trabajado en el sector artístico en Buenos Aires, combinando su interés por el arte con experiencia profesional y participación activa en museos.


Por Ion Rodríguez Galtero *

La semana del diseño, en esta edición, del 20 al 26 abril, convierte a Milán en un sitio especial donde se congregan las corrientes más innovadoras en diálogo con las tradiciones y la decrepitud de un pasado sin guarda, en general oculto a la vista del ciudadano de a pie el resto del año.


Hay fila para entrar en Palazzo Litta. El edificio pasa la mayor parte del año cerrado, o casi. Ahora, en cambio, el portón está abierto y un laberinto rosa ocupa el patio del siglo XVI. La gente entra, recorre, saca fotos, muchas fotos, como si todo fuera perfectamente esperable y lógico. «Lo lindo de esta semana es que se puede conocer mucho más la ciudad, y visitar lugares impenetrables» me dice un amigo mientras buscamos la forma de saltarnos la fila, algo que se va a convertir casi en un deporte [con el perdón de mis padres, que tan bien me educaron…] Tiene toda la razón. Es abril y durante una semana Milán muta.


Una tarde, los días se confunden, estoy sentado en la sacristía de Santa Maria delle Grazie, escuchando una charla sobre el concepto de visibilidad. Los dos oradores hablan con la seriedad de quien conoce el tema y le da la importancia que merece. Llevamos treinta minutos escuchando, atentos y casi inmóviles, sobre los algoritmos y la fuerza de la luz. Salimos al claustro y una música nos abraza, alguien del grupo lo dice antes de que los demás del grupo lo pensemos: «sentí que estaba escuchando una homilía». Nos reímos. La comparación es precisa. Después de peregrinar por tres muestras, hablando a metros de la Última Cena de Da Vinci, no es difícil que el diseño adquiera una gravedad religiosa.


Sin embargo, no todas las experiencias tienen ese peso. Otra tarde, en un club literario, una conferencia que prometía y mucho, se queda en lo que podría ser su introducción. Cruzamos miradas con dos amigas y el acuerdo es unánime, faltó algo. Aunque todo parezca brillar, en el programa del Salone del Mobile también hay relleno.


Lo que no defrauda jamás es la ciudad. Milán en abril deja de ser Milán y se transforma por una semana en una fiesta a cielo abierto. Caminás de Brera a 5 Vie, de 5 Vie a Tortona, y en cada cuadra hay una puerta abierta que el resto del año es inexpugnable. Un patio escondido asoma, un edificio cuyo portón uno había mirado mil veces sin saber qué había detrás se descubre. En la zona de Pagano llego a un apartamento transformado en un archivo vivo. Con un vaso de mezcal en la mano observo alfombras con figuras que reconozco sin nunca haberlas visto, cerámicas con un aire familiar pero traducidas a otra cosa. La muestra combina memoria y reinterpretación, conectando referencias ancestrales mexicanas con formas contemporáneas. Me hace pensar en cómo la memoria cultural es algo activo, que se construye y reconstruye entre pasado y presente. Sigo dándole vueltas a eso cuando me encuentro en una pileta pública, del otro lado de la ciudad, viendo una colección de trabajos en vidrio. La luz juega con el vidrio como alguna vez debió jugar con el agua. Todo convive.


Figuras, a la vez antiguas y modernas, se combinan en una alfombra de la Colección Códices de Balmaceda mostrándonos que las tradiciones se actualizan.  Fotografía: Omar Sartor. 


Sucede algo particular, entre tanta novedad lo que se empieza a repetir son las personas. Una chica con la que intercambio dos palabras en una muestra aparece en un bar. Una persona que estaba delante de mí en una fila aparece dos lugares más atrás en otra. De ahí corriendo al aperitivo con amigos. A este ritual milanés se suman hasta los que reniegan de la semana. La verdad es que todos quieren participar, aunque sea un poco. ¿Qué viste hoy? ¿Vale la pena esa muestra? El año pasado me gustó más. No llego, cierra muy temprano… 


Mientras estamos sumergidos en esta conversación, un amigo con la vista perdida en la calle, afirma: «Río tiene el carnaval, Milán esta semana». Una lo observa con expresión de incredulidad, otro asiente despacio. Miramos alrededor y nos damos cuenta que la frase no es para nada exagerada. La ciudad, en general distante y un poco impersonal, se vuelve cómplice y festiva.


El día que voy al hospital militar es probablemente en el que mejor se comprende el carácter de esta semana tan especial. Los pabellones que llevan tiempo cerrados, casi en ruinas, ahora se abren y reciben instalaciones, objetos, prototipos, gente. Hay olor a encierro y a pintura fresca al mismo tiempo. Los pasos suenan distintos en cada sala, los techos altos los multiplican. Donde hubo una cama, hay una silla imposible. Donde estaba la cocina, una pieza de vidrio soplado. El resultado es deliberadamente ambiguo. Paredes descascaradas, instalaciones precisas, objetos que parecen fuera de lugar, pero no lo están. Esa es la gracia de Milán, saber cómo situar los objetos en escena para crear una atmósfera nueva y sorprendente.


La fiesta, o las fiestas, se ensamblan una con la otra. Una en un museo donde primero nos invitan forzadamente a ver la muestra antes de poder ir a la barra. Otra en una casa donde saludamos efusivamente al anfitrión que resulta no serlo. Y una más en una sala demasiado llena donde la música obliga a hablar a gritos. La euforia de estas noches está hecha de cansancio acumulado, ¿es una noche o son varias?, y de la conciencia de que esto se termina en breve. El lunes la ciudad vuelve a ser la de siempre. Hay que aprovechar.


Salgo de la última sin saber la hora. Sé que me duelen los pies, que me llevo otra tote bag más y que en una semana conocí más gente de la que me voy a poder acordar. Camino. En un bar cercano están bajando la persiana, pero la música sigue fuerte. Un grupo de personas se separa. Una espera un taxi. Otro va hacia el metro, sin darse cuenta de que ya cerró.


La música se apaga de golpe.


Así, sin aviso, Milán empieza a guardar/esconder todo hasta el próximo abril. 


* Especial para Hilario. Artes Letras Oficios


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