«¡Vaya! Un momento. Esto es importante. La belleza ha vuelto» . Así parte la reseña sobre la retrospectiva de James McNeill Whistler que publicó hace pocos días Laura Freeman en The Times. El crítico Alastair Sooke, del Telegraph, no es menos entusiasta: «Hoy es raro encontrar una exposición que no esté impulsada por la política identitaria, pero la atractiva muestra de la Tate Britain sobre Whistler es puro alarde artístico. ¿Cómo podría ser de otra manera?. Whistler creía en el arte por el arte, y la Tate se enfoca en su intrépida búsqueda de la belleza, justo cuando hoy, en muchos ámbitos del arte, la belleza es una palabra malsonante.»
Tema polémico si lo hay. En la actualidad, se multiplican los conceptos, las ideas, las manifestaciones artísticas de toda índole. El verdadero universo que identifica a la belleza con el arte desde tiempos inmemoriales, ha ido cambiando a lo largo de la historia, modificándolo todo.
Los clásicos tenían su mirada puesta en la perfección. Una escultura griega no podía concebirse sin absoluta armonía. Todo debía encajar en los cánones de representación de la figura humana idealmente bella.
En el Panteón de Roma, apenas ingresamos, percibimos claramente que la belleza nace del espacio antes que de la forma. Los edificios que perduran, no suelen ser siempre los que resulten estéticamente bellos, sino aquellos donde la luz, la proporción, la materialidad, la integración con el entorno y la experiencia del recorrido, se amalgaman de forma excepcional.
La Edad Media llevó el ideal hacia lo místico, ocupando el tema religioso el centro de la escena. La belleza se serenó para concentrarse en la representación de figuras algo irreales, ingenuas y sintéticas, donde vírgenes y donantes ocupaban puestos similares en retablos y pinturas. Vegetaciones frágiles ornamentaban las obras con calidades dignas de miniaturistas. Hildegard de Bingen, pintora y compositora de música sacra, una abadesa alemana del siglo XII pintó visiones místicas con gran fuerza espiritual. El florentino Giotto di Bondone rompió con el estilo plano bizantino para darle una emoción real a sus personajes a través de volúmenes y gestos. Todo este inmenso conjunto de artistas, muchísimos anónimos, no pretendían solo agradar, sino enseñar la verdad revelada de la esencia del cristianismo. Lo bueno y lo bello se unían en los frescos, en los altares, en los manuscritos, en los poemas, en la música coral. El Arcipreste de Hita, en su “Libro del Buen Amor”, entremezcla historias alegres con moralejas y el mismísimo Dante Alighieri nos pasea con sus versos por el Infierno, el Purgatorio y el Cielo.
La abadía del Mont Saint Michel que se extiende hacia el agua en un fino apéndice desde la tierra, es uno de los tantos ejemplos de misticismo extremo arquitectónico. La Catedral de Chartres, modelo del gótico más puro, nos envuelve silenciosamente con solo ingresar en el mágico mundo de las fantasías lumínicas provocadas por sus magníficos vitrales multicolores. El hombre debía llegar a Dios. Los altos muros como encajes de piedra, se sostienen únicamente por finos arbotantes que se reducen al mínimo para que el espacio resultante sea aún más sobrecogedor.
El Renacimiento fue la gran revolución artística que nos impacta aún hoy. Rescatando el canon clásico grecorromano, el ser humano y la perspectiva matemática pasan a ser el centro de la creación estética. Cómo no emocionarnos recurrentemente admirando la perfección de «La dama del armiño» de Leonardo da Vinci, «La Venus» de Sandro Boticelli, el «David» de Miguel Angel Buonarottti o la «Escuela de Atenas» de Rafael Sanzio. Observadas con detenimiento infinidad de veces, investigadas, analizadas, no pueden pasar inadvertidas ante nuestros ojos. La belleza se sostiene en ellas de por vida.
Luego llegará la exuberancia del barroco. El arte se torna dinámico enfrentando luces y sombras. La ornamentación se recarga en total contraste con el equilibrio y la simetría del Renacimiento. «Las Meninas» de Diego Velázquez, «Dafne y Apolo» de Gian Lorenzo Bernini, «La vocación de San Mateo» de Caravaggio , la Iglesia de San Carlo alle Quattro Fontane en Roma, vibran al sonido de las Cuatro Estaciones de Antonio Vivaldi o «Va pensiero» de Giuseppe Verdi. La literatura nos lleva a mundos de desengaño y pesimismo con un estilo recargado, lleno de metáforas y exageraciones que en ningún momento elude el tema de la fugacidad del tiempo o la muerte inevitable. La obra teatral «La vida es sueño» de Pedro Calderón de la Barca o la novela picaresca «El Buscón» de Baltasar Gracián, no hacen más que reforzar esta idea de contrastes y exageraciones.
En el Romanticismo, el arte surge espontáneamente desde el alma del individuo exaltando a la naturaleza, a la persona, se deja guiar por la pasión y el sentimiento. Montañas altísimas, mares tormentosos y neblinas no hacen otra cosa que demostrar la pequeñez del ser humano ante el poder del mundo. Importa más lo que siente el artista [tristeza, pasión, miedo, amor] que el copiar la realidad de forma exacta. «El caminante sobre el mar de niebla» de Kaspar David Friedrich, «La balsa de la Medusa» de Théodore Géricault, «La libertad guiando al pueblo» de Eugene Delacroix conformaron el punto de partida para una nueva visión de la pintura y de las artes en general.
Ludwig van Beethoven será el puente clave hacia el romanticismo, Federico Chopin y sus Nocturnos lo convierten en el maestro absoluto del piano. Los lieder de Franz Schubert, las sinfonías y los ballets de Tchaikovsky o la revolución operística de Richard Wagner representaron la libertad de expresión y la individualidad en la creación musical. En la literatura autores como Mary Shelley, Goethe, Victor Hugo, Jane Eyre, Gustavo Adolfo Bécquer dieron prioridad a los sentimientos, a la libertad artística y a la imaginación por encima de cualquier regla fija.
A mediados del siglo XIX, el realismo comienza a mostrar la vida diaria y los problemas sociales dejando de lado la fantasía. Gustave Courbet y su «Entierro en Ornans» o nuestro Eduardo Sívori con «El despertar de la Criada» ponen de manifiesto una belleza distinta que humaniza a sus personajes en escenas de absoluta intimidad.
«Impression, soleil lévant», la pintura de Claude Monet donde un sol naranja ocupa el punto focal del puerto de Le Havre apenas abocetado, al amanecer, da nacimiento al impresionismo como una disciplina incomprendida y criticada por la sociedad del momento, habituada al academicismo. Camille Pissarro y sus paisajes donde respiramos la atmósfera y los perfumes, las calles nevadas de Alfred Sisley, los retratos y los cafés de Pierre Auguste Renoir, las inconfundibles bailarinas etéreas de Edgard Degas , cambiaron la estética iniciada años antes por Edouard Manet. Las formas se abren, la luz invade la pintura en puntos multicolores y el arte se libera de las ataduras siempre apoyado en un absoluto oficio pictórico.
«Los jugadores de cartas» de Paul Cézanne, «El retrato del Dr. Gachet» de Van Gogh o las dulces tahitianas de Paul Gauguin siguieron abriendo caminos diferentes donde la belleza continúa inmersa en cada pincelada.
Henri Matisse, padre del Fauvismo, exalta el color y la síntesis en sus figuras impactantes. Los expresionistas alemanes Ernst Ludwig Kirchner, Franz Marc y Emil Nolde entre otros, tal vez no pintaron cuadros bellos a la manera tradicional, pero llevaron la figura humana a la máxima tensión. La Gran Guerra intensificó esta tendencia que se prolongará en las distintas manifestaciones del expresionismo hasta nuestros días.
Pablo Picasso, uno de los artistas más versátiles de la historia del arte, atraviesa la desazón durante su extraordinario Período Azul, la serenidad durante el Período Rosa, para encontrar en el Cubismo la inclusión del tiempo y del movimiento en una pintura bidimensional. Los cánones de belleza se fueron transformando vertiginosamente.
En 1916, en el Cabaret Voltaire en Zurich, nace con el Dadaismo el «anti arte» que rechaza todo orden y las convenciones estéticas tradicionales. Tristan Tzara está reconociendo que la belleza existe, pero el desánimo provocado por los desastres de la Gran Guerra originan todo tipo de protesta en contra de lo establecido.
Siguiendo esta línea con André Breton en París, surge el movimiento surrealista, que abarca no solo a la pintura sino que transita sus pasos junto a la literatura y al cine. Busca liberar la mente de la lógica y mostrar el mundo de los sueños y el inconsciente. Nace el automatismo dejando que la mano dibuje o escriba sola sin que la moral mande. Los relojes blandos de Salvador Dalí, la pipa de René Magritte, las formas simples de Joan Miró, o el misterio de Remedios Varo son todos ejemplos de mágica belleza.
La llegada de la fotografía y el cine, liberaron al arte de copiar el mundo real. Todos ellos buscaron provocar, sacudir al espectador y explorar nuevos lenguajes formales y mentales.
Y será por lo tanto el siglo XX el que nos irá conduciendo poco a poco a nuestra contemporaneidad confusa, ambigua, cambiante, voraz, totalmente invadida por las tecnologías y la información desmedida. Nos resulta imposible mencionar la innumerable cantidad de ejemplos que existen en la actualidad. Se hace difícil distinguir lo bueno de lo mediocre, lo improvisado de lo elaborado con oficio, los límites entre la creación humana y los de la Inteligencia Artificial.
¿Dónde ha quedado por fin el concepto de belleza después de haber recorrido en apretada síntesis, la historia del arte hasta nuestros días?. Me animaría a expresar que en la actualidad, no existen corrientes artísticas definidas. Podemos hablar de conceptos, ideas, realidades, ficciones, proyecciones que luego se desarman o se desmontan, shows, artesanías, instalaciones, performances, moda, gastronomía, y muchas otras manifestaciones que hoy se consideran arte y conviven entremezcladas. A menudo ignoramos quién es el artista. Necesitamos soportes teóricos para la comprensión de las obras y la finalidad para la que han sido creadas. Pocos recuerdan lo que vieron si no están involucrados en el mundo del arte, y se ha transformado la esencia de lo que representaba la estética de la belleza tradicional. Tal vez podemos encontrarla, por citar uno de los miles de ejemplos que vemos a diario, en la obra de Jorge Gamboa [México, 1984] titulada «Iceberg». Una pintura de gran calidad, que representa la punta de un fantástico triángulo de hielo emergiendo de un mar inquietante y sereno, donde descubrimos una porción mucho mayor del mismo escondida en el océano, que es una inmensa bolsa de residuos. El mensaje del cuidado del planeta es clarísimo y nos llama inmediatamente a la reflexión.
Estamos viviendo en un mundo donde el individualismo es un estigma casi absoluto. El prójimo resulta en muchos casos inexistente y el torbellino de una Babel informática deja al ser humano indefenso frente a la sensación de soledad en una constante y agotadora compañía virtual.
¿Somos permeables a seguir amando la belleza de la niebla de J. M. W. Turner, las mujeres de Henri de Toulouse Lautrec, o el retrato de la madre de Whistler? ¿Podemos seguir emocionándonos al volver a verlas? ¿Tenemos sensaciones similares cuando recorremos los arabescos de Jackson Pollock, los nenúfares casi abstractos de Claude Monet, una «Ramona Montiel» de Antonio Berni, o las esculturas de la Chola Poblete?
Sería aventurado pretender que todos coincidiéramos en que la belleza está presente en todas ellas de manera uniforme. Pero si aceptamos que los parámetros de belleza cambiaron es factible encontrarla individualmente donde la emoción nos guíe. Como nos sucede al volver a ingresar al Panteón o a la Iglesia de la Luz de Tadao Ando, donde nos sigue estremeciendo la misma sensación que aporta su belleza intrínseca e inagotable. Porque esto es mucho más profundo que un decorado ostentoso. Es la universalidad eterna de lo bello que no se extingue y nos sigue dando esperanzas para el goce estético, proveedor de vida, de sensación placentera y plenitud permanente. El iceberg es sinónimo de destrucción y finitud. Real. Perfecto. Clásico en su concepción estética, conceptual en su mensaje intrínseco.
Pero si podemos volver a emocionarnos con Diego de Silva y Velázquez, con Franz Schubert, con Marguerite Yourcenar, con las imponentes esculturas de Eduardo Chillida, los rincones de Venecia de John Singer Sargent, con los Beatles, Joan Manuel Serrat o Astor Piazzola, es porque somos libres de encontrar la belleza en cualquier tiempo. La belleza es libertad. Es el goce personal. Es al mismo tiempo un desafío. Es la vanguardia porque se anticipa. Es la búsqueda incesante, muchas veces inconsciente. Cuanto más avancen los cambios, más difícil y personal se tornará no solamente descubrirla sino definirla. Solo tenemos que dejarla fluir hacia nosotros. Y aprender a reconocerla y sentirla en la incesante aparición de lo nuevo. Ardua tarea para los artistas y los curadores, pero mucho más difícil para los espectadores. Y en definitiva, para una nueva forma de gestión cultural, de coleccionismo o de inversión.
El poeta y narrador español Manuel Vilas [Barbastro, España, 1982], respondió en una entrevista realizada hace pocos días que «Intentaría crear riqueza para que la gente pudiera leer libros, comprarlos, y tuviera tiempo para leerlos, e intentaría que la belleza fuese también un valor político, que las personas tuvieran el derecho a la belleza y el acceso a ella».
Agosto 2026.
* Especial para Hilario. Artes Letras Oficios





