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SUBASTA ONLINE HILARIO XXI - Inicio de exhibición 13 de Septiembre - remate 19 de Septiembre

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LAS ARTES DE ALTURA

Bajera de Potosí. Potosí, Bolivia. Segunda mitad del siglo XIX.

 

Pieza de lana de oveja teñida con tintes vegetales y grana de cochinilla, tejida en telar de estacas, a cuatro bordes, con técnica de laboreo andino de faz de urdimbre. El motivo ornamental conjuga diseños geométricos y figuras antropomorfas, en tanto que un importante galón con fleco perimetral le da jerarquía enmarcando las figuras del conjunto. Medidas: Largo: 96 cm. Ancho: 64 cm. Galón y flecos: 8 cm.

 

Estas prendas fueron piezas de lujo en la Villa Imperial de Potosí hasta principios del siglo XX, resabio de antiguos esplendores, cuando era la ciudad más rica de Sudamérica merced a la explotación de las minas de plata del Cerro Rico. A partir del siglo XVIII, Potosí dinamizaba un mercado interno que dio origen a un próspero comercio de mulas que vinculaba las tierras rioplatenses –asiento natural de los mejores ejemplares- y el Alto Perú.

 

Los mulares nacidos en la llanura pampeana eran criados allí durante un año para luego recorrer el “camino de las mulas” y ser vendidos a estancieros de Córdoba, donde pasaban la llamada “primera invernada”, consistente en pastar y fortalecerse durante un año más, adquiriendo la resistencia necesaria para la travesía hasta Salta, para pasar allí entre seis y ocho meses en la llamada “segunda invernada”. Todos los años tenía lugar en Salta la Feria de las Mulas, que convocaba a los comerciantes potosinos, que pujaban por comprar los mejores ejemplares. Se calcula que, a mediados del siglo XVIII unas 30.000 mulas eran trasladadas anualmente desde Salta y 9.000 más desde Jujuy, en grandes arreos, hasta el Alto Perú.

 

Refiere María Sáenz Quesada en La Argentina Historia del País y de Su Gente: “La invernada era el mejor negocio del patriciado salteño y la feria efectuada entre febrero y marzo en el valle de Lerma, "la mayor asamblea de mulas en todo el mundo". [1]

 

Llegadas las grandes tropas a la Villa Imperial, los vecinos “de posibles” elegían los mejores animales y los enjaezaban con cabezadas y riendas de plata y monturas con borrenes revestidos del mismo metal. Completaban sus lujos con estas singulares bajeras, versión altoperuana de las matras y peleros criollos. Se colocaban inmediatamente debajo del casco o lomillo y su función era la de embellecer el apero y cubrir los peleros de lana basta que eran los que daban realmente protección al lomo del equino.

 

 

Nota:

1. María Sáenz Quesada, La Argentina, Historia del País y su Gente, Buenos Aires, Ed. Sudamericana, 2001, pág. 147.


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