Una estampilla, una rosa, una mariposa, una fotografía, una moneda antigua, un telescopio hecho en casa. Objetos aparentemente distintos pero que, sin embargo, formaban parte de un mundo trazado por las redes de aficionados, sus asociaciones, las revistas especializadas y los mercados que crecían con la alfabetización, la expansión de la prensa y el tiempo libre. Hablamos de la Francia de la Tercera República, una sociedad de amateurs.
Aristócratas, empleados, comerciantes, maestros, médicos, sacerdotes, propietarios rurales y rentistas. Algunos reunían colecciones de arte. Otros clasificaban insectos, cultivaban rosas, observaban el cielo o revelaban fotografías en un rincón de su casa, compartiendo una manera de relacionarse con el conocimiento a través de la reunión sistemática, el intercambio y el aprendizaje por cuenta propia.
Un universo casi en extinción pero que dejó abundantes rastros. Revistas para filatelistas, horticultores, fotógrafos, observadores de aves, radioaficionados, músicos y coleccionistas de toda clase que se multiplicaron durante la segunda mitad del siglo XIX. Enseñaban técnicas de clasificación, aconsejaban cómo organizar colecciones, anunciaban exposiciones, difundían novedades y publicaban las direcciones de posibles corresponsales. También funcionaban como mercados: en sus páginas se compraban y vendían objetos, se intercambiaban ejemplares y se establecían contactos que podían durar toda la vida.
La expansión de los servicios postales, de los intercambios comerciales y de la producción industrial puso en circulación cantidades crecientes de piezas susceptibles de ser reunidas y ordenadas. Huevos, monedas, autógrafos, minerales, caracoles, mariposas o fotografías ingresaron en las vitrinas, álbumes y cajones domésticos. Cada ejemplar adquiría valor por su rareza, su procedencia o su capacidad para completar una serie.
Allí está la filatelia con sus comerciantes especializados, publicaciones periódicas, catálogos, exposiciones y formas de intercambio que atravesaban los países, las lenguas y las fronteras Las estampillas eran pequeñas, fáciles de transportar, transformando la red postal que las distribuía en una red para coleccionarlas. Algo semejante ocurrió con la historia natural. La búsqueda de plantas, insectos, hongos o minerales arrastró a miles de personas. Algunas ligadas de un modo u otro a las instituciones científicas; otras a espacios más circunscriptos. Muchas participaban en excursiones donde se mezclaban la observación, la sociabilidad, el ejercicio físico y el aprendizaje, en un paseo que podía reunir a un botánico aficionado, un fotógrafo, un pintor de paisajes y un coleccionista regional, en un espacio - el campo- que funcionaba como laboratorio, museo y lugar de encuentro.
En ese mundo, la fotografía ocupó un lugar singular: aunque requería aprendizaje técnico, equipamiento específico y una considerable inversión de tiempo, permitía obtener resultados visibles sin necesidad de pasar por las academias o instituciones profesionales. Reunía así varias aspiraciones de la época: registrar el mundo, producir imágenes mediante una técnica moderna. El arte, la ciencia y la tecnología se confundían detrás de una cámara. Lo mismo puede decirse de la astronomía. Paralelamente a los observatorios, el registro del cielo dependía de una multitud de observadores dispersos por el planeta que adquirían sus instrumentos o los construían siguiendo las instrucciones, planos y consejos que las revistas especializadas publicaban para fabricar o mejorar equipos en el ámbito doméstico.
Las colecciones ocupaban un lugar privilegiado en ese universo porque permitían transformar objetos corrientes en series significativas. Un sello postal, un caracol marino o una fotografía aislada tenían escaso valor. Integrados en una secuencia, clasificados e identificados, adquirían otro estatuto. Coleccionar implicaba ordenar el mundo y producir relaciones entre cosas dispersas, prácticas parecidas a las de los museos, aunque desarrolladas a una escala doméstica y apoyadas mucho más en la iniciativa personal que en programas institucionales. Buena parte de esas actividades se desarrollaba en el gabinete del coleccionista, la mesa donde se ordenaban las estampillas, el cuarto oscuro del fotógrafo, el jardín, el pequeño taller instalado en un galpón o en una habitación. Lejos de constituir simples lugares de ocio, esos espacios domésticos funcionaban como laboratorios, depósitos, observatorios o museos en miniatura.
La oposición entre amateur y profesional nunca fue absoluta. Muchos de los aficionados mantenían correspondencia con especialistas, enviaban observaciones, contribuían a inventarios regionales o participaban en sociedades científicas. En disciplinas como la astronomía, la arqueología, la botánica o la historia natural, la producción de información dependía de esos observadores locales. Las instituciones los necesitaban tanto como ellos el reconocimiento de las mismas. Las fronteras existían, pero de modo mucho más permeable de lo que sugieren las historias centradas en academias, museos o universidades.
Esta sociedad de amateurs valoraba el hacer con propias manos: construir, reparar, cultivar, clasificar, encuadernar, dibujar, revelar o montar una colección no eran actividades secundarias sino formas de conocimiento. Mucho antes de que el lenguaje contemporáneo popularizara expresiones como do it yourself, una vasta literatura enseñaba a fabricar objetos, instrumentos y decoraciones domésticas. Esta cultura del hacer se apoyaba en una economía específica. Comercios especializados que vendían instrumentos ópticos, ejemplares para las colecciones, semillas, herramientas, cámaras fotográficas y materiales de toda clase. Al mismo tiempo florecían los mercados de segunda mano, los intercambios entre particulares y las soluciones de fabricación casera. Los amateurs constituían un público consumidor, pero también productores activos de objetos y conocimientos.
Vista desde hoy, esta proliferación de sociedades, publicaciones y colecciones ayuda a comprender un aspecto menos visible de la modernidad. La expansión de la ciencia y de la cultura no dependió únicamente de universidades, academias y museos. También descansó sobre una multitud de personas que dedicaban las tardes, los fines de semana o las vacaciones a observar pájaros, cultivar flores, ordenar álbumes, estudiar monedas o fotografiar paisajes. Entre las instituciones y el comedor doméstico existió un vasto territorio intermedio: la enorme patria de los amateurs.
…
Estas líneas surgen de la lectura de En amateurs. Sciences et arts, 1850-1950, obra colectiva coordinada por Nathalie Richard, especialista en historia de las ciencias y de las prácticas de colección; Laurence Guignard, dedicada al estudio de la historia de los saberes; Hervé Guillemain, conocido por sus trabajos sobre salud y actores no profesionales; y Hadrien Viraben, investigador de la historia social de las prácticas artísticas. A partir de revistas, manuales y publicaciones dirigidas a los amateurs, el libro reconstruye el entramado de asociaciones, mercados, colecciones y formas de sociabilidad que animaron ese vasto territorio en clave amateur. Publicado por las Presses universitaires de Rennes en septiembre de 2026, puede consultarse libremente en: AQUÍ
* Especial para Hilario. Artes Letras Oficios


