Notas sobre la incorporación de la Colección CEDODAL a la Biblioteca del Congreso de la Nación

Vista parcial de la sala pública de lectura. Fotografía: Gentileza Biblioteca del Congreso de la Nación, Buenos Aires.



Ramón Gutiérrez en una entrevista radial, la conversación se extendió en torno a los 25 años de CEDODAL. Fotografía: Gentileza Biblioteca del Congreso de la Nación, Buenos Aires.



La Hemeroteca Diarios incluye colecciones de publicaciones periódicas argentinas -nacionales y provinciales- y extranjeras. Esta sección se incrementó significativamente con la donación recibida. Fotografía: Gentileza Biblioteca del Congreso de la Nación, Buenos Aires.



Alejandro Gabriel Bustillo; su colección incluye uno de los archivos más relevantes que forman parte de la donación realizada por CEDODAL.



Isela María Mo Amavet

Subdirección de Estudios y Archivos Especiales, Biblioteca del Congreso de la Nación

 

Bruno Alarcón

Jefe de Archivos de la Biblioteca del Congreso de la Nación


Por Isela María Mo Amavet y Bruno Alarcón *

¿Qué significa, para una biblioteca pública, hacerse cargo del archivo que otros construyeron a lo largo de una vida? La incorporación al patrimonio documental de la Biblioteca del Congreso de la Nación [BCN] del archivo reunido durante décadas por los arquitectos Ramón Gutiérrez y Graciela Viñuales admite una reflexión que excede el inventario de lo recibido. En estas líneas, intentaremos reconstruir el derrotero de esta colección y las condiciones de posibilidad de su incorporación a la Biblioteca, para reflexionar, finalmente, sobre un proceso poco frecuente de articulación entre el Estado, un organismo internacional y la sociedad civil.


Archivo, investigación y militancia


Antes de ser fundadores del Centro de Documentación de Arquitectura Latinoamericana [CEDODAL], Gutiérrez y Viñuales fueron parte de una generación de investigadores desplazados por la política universitaria de los años sesenta. Llegaron a Resistencia, Chaco, hacia 1966, en el marco de lo que se conoce como fuga de cerebros: la intervención de las universidades nacionales dispuesta por la dictadura de Onganía y la renuncia masiva de docentes que siguió a la Noche de los Bastones Largos, empujaron a buena parte de esa generación a dejar Buenos Aires —algunos hacia el exterior, otros, como ellos, hacia el interior del país—. Fue en ese desplazamiento y no como una elección profesional cualquiera, donde empezó a gestarse el proyecto que décadas más tarde tomaría la forma del CEDODAL.

 

Conviene recuperar, siquiera brevemente, el relato que el propio Ramón Gutiérrez hizo sobre el origen de esta colección, porque ilumina el sentido de lo que la Biblioteca asumió como responsabilidad. En una de sus últimas intervenciones, Gutiérrez inscribió su tarea en una genealogía que se remonta a 1914, cuando el arquitecto Martín Noel publicó en un diario porteño uno de los primeros textos que reivindicaban una arquitectura americana digna de estudio, capaz de incorporarse al panorama internacional sin renunciar a su singularidad. Gutiérrez y Viñuales se reconocieron parte de esa saga: la de quienes, formados en la universidad pública y en el Consejo Nacional de Investigaciones Científicas y Técnicas, entendieron que las facultades de arquitectura de la Argentina y de América necesitaban una bibliografía propia para que sus estudiantes pudieran valorar una arquitectura que durante décadas se había mirado, casi por default, desde una perspectiva europea.

 

Hacia 1992, cuando Gutiérrez propuso a un centro de investigación extranjero microfilmar las revistas de arquitectura de todo el continente, estaba convencido de que esa hemeroteca era la fuente fundamental para reconstruir no solo lo que se había edificado, sino lo que se había proyectado y lo que nunca llegó a levantarse. Le contestaron que la tarea era irrealizable; la asumió él mismo, mientras vivía en Resistencia, Chaco, a mil kilómetros de Buenos Aires, donde consultar cualquier libro necesario no disponible allí, implicaba esa misma distancia o el costo de comprarlo. Esa hemeroteca es hoy, según pudieron verificar sus propios fundadores en bibliotecas de Europa y de Estados Unidos, la colección de revistas de arquitectura latinoamericana más importante que existe por su diversidad e integridad.

 

A esa tarea se sumó otra, más difícil y urgente: convencer a los arquitectos de que sus planos merecían conservarse, no sólo el definitivo sino también el croquis, la idea, el desarrollo y las sucesivas transformaciones del proyecto de una obra. Se trataba de salvar archivos que habitualmente se tiraban a la muerte de sus propietarios. Ese fue, para Gutiérrez, el punto de partida de todo lo demás: lo que se salva no vale si queda guardado para uno solo. Alberto Prebisch, Alberto y Luis Miguel Morea, Eugenio Baroffio, Pater, Cooke, Ernesto Vautier, Jorge Enrique Hardoy, Armesto y Casado Sastre, Andrés Kálnay, Diego Angulo Íñiguez, César Loustau y el ya mencionado Martín Noel son algunos de los arquitectos cuyos fondos personales se fueron integrando al archivo

 

La investigación sobre nuestra arquitectura fue el motor. Detrás de cada exhibición y cada libro que editó el CEDODAL hubo gestiones con universidades, familiares de arquitectos y coleccionistas. El proyecto tomó forma de colectivo y, más tarde, de Fundación, con colaboradores dentro y fuera del país: decenas de arquitectos e investigadores que, a lo largo de tres décadas, entendieron que el patrimonio documental de su disciplina necesitaba un lugar y trabajaron para que ese lugar existiera.

 

El reverso de este esfuerzo fue, durante décadas, la ausencia de una política de archivo sostenida por el Estado. No es un fenómeno exclusivo de la Arquitectura: buena parte de las instituciones públicas encargadas de preservar y poner a disposición el patrimonio bibliográfico, hemerográfico y archivístico del país funcionaron, durante años, con tramas burocráticas opacas, escasa preocupación por la tarea y capacidades disminuidas —como el resto de un aparato estatal diseñado por décadas de políticas neoliberales—. Frente a esa desidia, iniciativas como la del CEDODAL funcionaron, durante mucho tiempo, como un sustituto. Memorias populares y archivos de distintos colectivos fueron resguardados del olvido por iniciativas privadas y militantes, por organizaciones libres del pueblo.


Una convergencia poco frecuente

 

Si bien podemos decir que el panorama de los archivos en la Argentina —y su lugar en la conversación pública— es hoy relativamente más alentador, es importante recordar cuál era el trasfondo y las preocupaciones que tenían quienes debían resolver el próximo paso: sostener y dar acceso a una colección que ya rebasaba las posibilidades de quienes la habían conformado.

 

La Organización de Estados Iberoamericanos para la Educación, la Ciencia y la Cultura [OEI] fue la primera en aparecer en escena y en 2015 comenzó a colaborar con el CEDODAL. Este organismo reúne, por definición, a los países de América Latina junto con España y Portugal, y esa vocación iberoamericana —más amplia que una mirada estrictamente latinoamericana— se corresponde con la visión continental que el propio Gutiérrez reivindicó como principio organizador de la colección desde su origen.

 

Finalmente, en agosto de 2021, el CEDODAL donó su acervo a la OEI, mientras que la Biblioteca del Congreso se constituyó en depositaria del archivo: es ella quien asume, desde entonces, el procesamiento, la conservación y la puesta en acceso de lo recibido. La incorporación se hizo, además, por partes. En una primera etapa ingresó el archivo documental —los planos y la documentación que Gutiérrez describe como fruto de un trabajo de rescate—; una segunda etapa, en 2026, completó el traslado de la biblioteca y la hemeroteca para mejorar las condiciones de conservación y consulta. Lo incorporado alcanza una dimensión considerable: veinte mil libros, catorce mil ejemplares de revistas [cerca de ciento cuarenta títulos completos] y más de 450 cajas de archivo [y un estimado de seis mil planos].

 

Esta decisión implicó, ante todo, que la colección permaneciera en el país. Pero también propuso una forma de trabajo poco habitual: la conformación de una mesa de trabajo integrada por los donantes, la OEI, la Biblioteca y observadores externos de la sociedad civil. Probablemente aquí radique lo más innovador y desafiante de esta experiencia: la participación de distinguidos observadores —Juan Martín Repetto, Patricia Méndez, Darío Pulfer y el historiador Fernando Devoto— abrió un nuevo espacio para plantear objetivos que no estaban definidos de antemano. Esto supuso el desafío de alojar y escuchar realmente las expectativas de quienes venían trabajando en ello desde hacía años, de construir junto a instituciones con lógicas de trabajo distintas y de someternos, al mismo tiempo, a la auditoría de prestigiosos miembros de la comunidad académica.

 

El compromiso inicialmente asumido incluyó la custodia, descripción, catalogación y puesta en acceso: que los libros, las revistas y el material de archivo estén disponibles para la consulta pública en el menor plazo posible. Dicho plan de trabajo continuará por varios años, aunque ya pueden visualizarse los avances del proyecto en el catálogo de Archivos Especiales de la BCN [ archivos.bcn.gob.ar ]. Con el paso de las conversaciones y los intercambios con los integrantes de la mesa de trabajo que acabamos de reseñar, pudimos dar un paso más: reconocer la colección como expresión de un proyecto de investigación colectivo, asumir la continuidad de los objetivos que le habían dado origen y consolidar un espacio institucional que promueva conocimientos sobre el patrimonio arquitectónico latinoamericano.

 

En esta línea, realizamos muestras y conversatorios junto a la OEI y a una vasta comunidad de colaboradores: Utopías de Buenos Aires [2023], Arquitecturas ausentes: memorias de un patrimonio argentino [2024-2025], sobre el patrimonio arquitectónico perdido y, el último, Art Déco en Argentina. Hacia adelante, se mantendrá esta línea de exhibiciones y dará continuidad al proyecto con el lanzamiento de una línea de publicaciones, que fue desde el origen marca del proyecto del CEDODAL.


Archivo, herencia y legado

 

Ramón Gutiérrez y Graciela Viñuales suelen describir esa construcción con una imagen: la de haber desheredado a su familia en el sentido convencional del término, para dejar en cambio una herencia distinta. Sus tres hijos, las nueras, los nietos y los sobrinos participaron, durante años, de la tarea cotidiana de ordenar, mecanografiar, escanear y catalogar el material y hasta viajaron ellos mismos a recibir nuevas donaciones en distintas provincias del país. Esa apuesta por lo común, por el sostenimiento de proyectos colectivos es, guardando las distancias, la misma que orienta hoy el trabajo de la Biblioteca y que nos encuentra como nuevos compañeros de ruta.

 

Lejos de la nostalgia por el pasado, quienes trabajamos en archivos lo hacemos con la mirada puesta en el futuro: el porvenir de nuestra ciencia, la posibilidad de nuestras investigaciones y el acceso a las fuentes dependen, en buena medida, del fortalecimiento de nuestras instituciones archivísticas. Trabajamos para los de hoy, pero sobre todo para los que vendrán: guardamos restos, herencias, para que otros se hagan nuevas preguntas e imaginen nuevos futuros.  

 

* Especial para Hilario. Artes Letras Oficios


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