La transfiguración del héroe: San Jorge y San Miguel Arcángel en la “teología” lorquiana

Federico García Lorca: San Jorge y el Dragón. 1927.



San Miguel Arcángel en la ermita de San Miguel Alto, Granada, España. Fotografía: Copyright: ©PhotoLanda 2017.



Federico García Lorca junto a Lola Membrives en la entrada del Teatro Avenida, donde su obra «Bodas de sangre» se representó con notable éxito. Fotografía: Gentileza Secretaría de Cultura de la Nación.



Gisela Paggi

[Elortondo, Santa Fe] 


Profesora en Lengua y Literatura, periodista cultural y bibliotecaria por la Universidad Nacional del Litoral. Co-fundadora y editora de Ulrica Revista. Publicó dos libros de artista/autor: Orfeo (2017) y Azulejería (2018), libros que conjugan poesía con xilografía. Especializada en mediación y promoción de la lectura. Creadora del espacio para lectores Clásicos en alpargatas donde dicta talleres focalizados en clásicos del siglo XX. Realiza divulgación en redes sociales sobre temas del mundo de la literatura y la bibliofilia.


Por Gisela Paggi *

En agosto de este año se cumplen 90 años del asesinato y la desaparición de Federico García Lorca. El falangismo buscó borrar su influencia y su recuerdo, pero Federico continuó vivo en todos sus lectores que lo convertimos en un clásico de la literatura y en el autor español más leído, solo después de Cervantes. Su cuerpo, que continúa desaparecido, es una antítesis trágica para un poeta que está tan presente en bibliotecas donde nunca podría [o debería] faltar y en teatros que siguen representando, una y otra vez, siempre con aires renovados, sus obras; o en las escuelas donde los chicos leen Bodas de sangre y aprenden sobre la tragedia del amor, o La casa de Bernarda Alba para analizar la opresión social de la mujer. Federico sigue vivo en toda la enorme amplitud de la bibliografía escrita [y que se sigue escribiendo] sobre él y en esa continua publicación de sus obras, en diferentes formatos, en todos los idiomas.

 

Pero hablar de Lorca como autor, ya sea como poeta o como dramaturgo, es una simplificación. Federico fue un artista multifacético, curioso y experimental que abarcó, además de las letras y el arte escénico, el cine, la música y la plástica. Estas últimas quizás sean las facetas menos exploradas de un espíritu totalmente creativo, en constante búsqueda, inquieto y perspicaz, visitado una y otra vez por ese «duende» del que él mismo hablaba: esa fuerza misteriosa que era como una «quemadura» interior surgiendo de la tierra misma y que tocaba al artista [ver Teoría y juego del duende, conferencia de 1933].

 

Nosotros nos detendremos en esta ocasión en su faceta pictórica y en un dibujo en particular que permite hacer una lectura transversal con su literatura y con la esencia misma de la Andalucía que él mitificó, llena de una fuerza oscura y telúrica.

 

El universo plástico de Federico García Lorca

 

Para abordar la obra de Federico es preciso presuponer que las fronteras de las diversas artes están diluidas por completo. En esa sensibilidad única que poseía, la palabra, la música y el dibujo eran ramificaciones de un mismo impulso creador. Por eso los temas se tocan en sus diferentes producciones y pueden entenderse todas como partículas que conforman un universo creativo total.

 

En relación con sus dibujos, ya se han documentado más de 400 y siguen apareciendo distintas creaciones de Federico, como sucedió recientemente con un poema inédito y una partitura. Entendemos que no debe estudiarse/contemplarse esta producción plástica como un complemento marginal a su literatura; en realidad, constituye una clave iconográfica fundamental para descifrar sus obsesiones más profundas

 

El estilo está indiscutidamente ligado a la vanguardia de su tiempo, principalmente, al surrealismo. Pero en este abanico enorme que es su obra y que se mueve entre los extremos de la experimentación total y la tradición folklórica, los dibujos de García Lorca también son la representación absoluta de esa especie de amalgama o de comunión perfecta entre ambos mundos.

 

Sus trazos, aparentemente ingenuos, limpios y casi infantiles esconden una carga de sutil perversión, melancolía y erotismo. En esa tensión es donde radica su originalidad como artista total. Hay una convivencia armónica entre lo popular y lo culto, lo profano y lo sagrado, el barroquismo andaluz y la geometría moderna.

 

Esta comunión poética y visual se puede ver muy bien en la forma en que Lorca representó la iconografía religiosa de su Granada natal, por ejemplo, y que se relaciona en mucho con su producción literaria. En esas representaciones se hace evidente que el poeta proyectaba también en el dibujo esa ambigüedad carnal que lo ubicaba en el centro neurálgico entre tradición y experimentación. Iremos a un ejemplo: el dibujo titulado San Jorge y el Dragón [1927].

 

¿San Jorge y el Dragón?

 

Campbell Hackforth-Jones fue amigo de Federico García Lorca. Había llegado a Granada en 1926 y en ese momento conoció al poeta. Andrew A. Anderson en Una amistad inglesa de García Lorca cuenta que Hackforth-Jones cae enfermo de disentería durante su estancia y que Federico le hizo dos dibujos: uno era un dibujo del doliente con el lema «¡Qué enfermo estoy!». El otro, San Jorge y el dragón, un dibujo en tinta china y lápices de colores sobre un papel verjurado. Detrás de la obra, que pertenece a la colección del inglés, hay una nota mecanografiada pegada: «This drawing was executed by Federico García Lorca in Granada, Christmas 1927 [or 28] as a present for me. It represents. St. George and the Dragon, so he explained. The pencil initials F. G. L. were added by me at some time or other. This drawing should be taken care of as it will, I believe, be of great interest to those who are interested in his poetry, as much perhaps as some other people might be interested in any drawing by ani well-known poet. Also this picture may in time to come have a money value; therefore do not let it be destroyed in case posterity wants to look at it. I think F. G. L. was very much aware of posterity and would have liked this to survive. It is as much him as his poetry» [1]. Y lo firma con fecha del 6 de septiembre de 1939. Apenas unos días después del asesinato de Federico.

 

Entonces, ya tenemos el contexto en que este San Jorge fue dibujado y deducimos que lo hizo para su amigo inglés porque este santo es el patrono de Inglaterra. Pero a simple vista podemos hacer una observación: no se parece mucho a su representación icónica. Más bien se contradice con su tradicional armadura caballeresca, montado en un caballo blanco, como lo imaginara Rafael Sanzio. A la que sí se asemeja, y mucho, es a una imagen que Federico siempre tuvo muy presente: la de San Miguel Arcángel de la Ermita de San Miguel Alto, sobre el cerro del Aceituno, en Granada.

 

Los muslos desnudos, el ser andrógino, la falda con volantes de encaje y pompones, las medias altas, el penacho de plumas sobre su cabeza, los olivos que aparentan estar salidos de un paisaje andaluz y el dragón que parece más bien un demonio teriántropo, nos recuerdan a esa imagen erigida en la ermita y que él también menciona y rememora en el poema San Miguel publicado, primero en la revista Litoral en 1926 y finalmente en Romancero gitano [1928]. En una de las estrofas escribe: «San Miguel lleno de encajes / en la alcoba de su torre, / enseña sus bellos muslos / ceñidos por los faroles».

 

La imagen es muy clara con relación a esa figura que él veía y ante quién habrá sentido una admiración ambigua desde muy pequeño. Este romance es uno de tres dedicados a los arcángeles y que representan, cada uno de ellos, una ciudad andaluza: Granada, Córdoba y Sevilla. En el caso de San Miguel se referencia una romería y hay alusiones a costumbres típicas de este tipo de celebración. Y si bien son temas cristianos, en Federico García aluden a representaciones gitanas. Es aquí donde vemos la fusión entre mito, religión y cultura andaluzas, donde lo religioso se vuelve estético y sensual. 

 

Además, el San Jorge lorquiano, sostiene una cimitarra curva. Esta espada evoca lo oriental y lo gitano. Lo mozárabe. Y la cadena que amarra al demonio, con un crucifijo en uno de sus extremos y que recuerda mucho la imagen del rosario, termina por agregar todos los elementos propios del mestizaje de una Andalucía pluricultural.

 

Al final, y en la totalidad de la simbología presente en el dibujo, Lorca termina por «feminizar» al héroe que domina al monstruo. Crea un híbrido donde no vence a la bestia con violencia, sino que parece domesticarlo con la gracia de su belleza. Y acá está revelada una especie de teología personal de Lorca que, lejos de ser un creyente practicante pero criado en un pueblo de fuerte manifestación devocional, construye una visión propia donde lo divino es estético. Los ángeles y los santos son arquetipos de la belleza, el dolor y la sensualidad, y en la intensidad estética que cargan reside su capacidad de conmover a los creyentes. Ellos representan la transfiguración de la belleza trágica. El sufrimiento que experimentan no es una vía para ganar la vida eterna, sino que es el elemento que consagra la belleza del individuo. Por eso el San Jorge lorquiano no es un guerrero tosco y violento. Es un ser enjoyado que, con elegancia y magnetismo, gana su santidad en una especie de danza estilizada contra el monstruo.

 

En esa descripción sensual que hace de San Miguel Arcángel en el romance, traslada lo sagrado al plano terrenal. Los seres celestiales lorquianos tienen cuerpo, deseos, melancolía y están expuestos a la mirada erótica. Habitan en el plano de los sentidos, no ya en un nivel abstracto y divino. En todo caso, lo divino es bello porque es táctil, visible y, sobre todo, deseable. Y el dragón/monstruo también tiene su razón de ser en esta poética porque en la teología lorquiana se torna necesario para que exista el héroe. Más que ser exterminado porque representa el mal, la criatura debe sufrir para que exista la belleza. Debe ser dominado para que triunfe la estética. Es esa fuerza que habita en lo oscuro de la tierra y que el artista/santo debe pisar para alzarse sobre ella y crear su arte.

 

El trazo andrógino de San Jorge y la lánguida estampa procesional de San Miguel nos hablan de la heterodoxia lorquiana. Federico García Lorca opera como un traductor mítico que desmantela su herencia católica para construir su propia estética. En su mente, el mártir cristiano, el héroe caballeresco y el gitano perseguido se funden bajo una misma condición: todos son criaturas tocadas por la belleza y el dolor. No hay una provocación superficial [como podría creerse] o un acto de rebeldía contra la institución eclesiástica, sino una manifestación plástica de esta forma de teología personal. Al final, en su obra, todas estas entidades representan una forma [de] resistencia.

 

Es en el altar pagano de Lorca donde los santos no vienen a salvarnos del pecado, sino de la fealdad y del olvido. Nos recuerdan que la única trascendencia posible es aquella que se alcanza a través de la herida del arte. Que así fue como la obtuvo Federico.

 

 

Nota:

1. En una traducción libre se lee: «Este dibujo fue realizado por Federico García Lorca en Granada, en la Navidad de 1927 [o 1928], como regalo para mí. Representa a San Jorge y el dragón, según me explicó. Las iniciales a lápiz F. G. L. las añadí yo en algún momento. Este dibujo debe conservarse, ya que creo que será de gran interés para quienes se interesan por su poesía, tanto como cualquier otro dibujo de un poeta conocido podría interesar a otras personas. Además, este cuadro podría tener valor económico en el futuro; por lo tanto, no dejen que se destruya por si la posteridad desea contemplarlo. Creo que F. G. L. era muy consciente de la posteridad y le habría gustado que este dibujo perdurara. Es tan suyo como su poesía».

 

* Especial para Hilario. Artes Letras Oficios


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