El pasado día 17 de abril se inauguró en el Museo Nacional de Bellas Artes una exposición, que estará abierta hasta el 2 de agosto, con el título «Itinerarios entre la Argentina y España [1880-1930]». En ella se reúnen más de sesenta obras acompañadas de un rico repertorio documental que ponen de manifiesto las intensas relaciones artísticas que tuvieron lugar entre ambos países durante esos años. La exposición ha sido posible gracias a un convenio firmado por la Universidad de Granada [España] y el Museo porteño, permitiendo trabajar al unísono responsables curatoriales e investigadoras de ambos lados del Atlántico.
Es más, considero que los intercambios artísticos entre Argentina y España en el arco cronológico de esta exposición, 1880-1930, son suficientemente significativos para que el Museo Nacional de Bellas Artes haya considerado como objetivo su realización dentro de su acertado y cualitativo programa cultural.
Es cierto que, en estos años, París era el foco intelectual que iluminaba la creación en todas sus facetas, pero no todo en la ciudad de la luz era francés. Artistas de diversa procedencia ejercían su maestría, formando una red cultural al margen de nacionalidades, tejida a través de amistades, referencias comunes y deseos de aprendizaje y futuro creativo.
Es allí donde españoles como Ignacio Zuloaga o Hermenegildo Anglada Camarasa entablan relaciones con artistas procedentes de Argentina que les seguirán hasta la Castilla profunda o las islas Baleares, aprendiendo de ellos la necesidad de reflexión e inspiración en su propia tierra, sus gentes y sus patrimonios identitarios. La lección ética, aparte de artística, llevará a los argentinos, tras su regreso, a sus propios paisajes, a sus costumbres y su paleta cromática, ofreciendo nuevas y cercanas temáticas que pronto serán valoradas por la crítica y premiadas en convocatorias oficiales, así como en exposiciones, individuales o colectivas, atendiendo a momentos de construcción de un ideario nacional.
No olvidan estos artistas, los itinerarios por España participando de corrientes tanto específicas del país como de carácter internacional, recalando o traduciendo, como he señalado, sus vivencias y sus influencias, añadiendo a los maestros ya citados los nombres de Joaquín Sorolla o Fernando Álvarez de Sotomayor, así como la lección continua de los lienzos atemporales por su calidad, admirados y copiados, del Museo Nacional del Prado.
Joaquín Sorolla y Bastida, Lobo de mar, 1894. Acuarela. Colección Museo Nacional de Bellas Artes. Fotografía: Gentileza MNBA.
Quizás, a modo de ejemplo singular, no por personal poco significativo, lo tenemos en la línea vital de la francesa Léonie Matthis, la cual conoce al pintor hispano argentino, Francisco Villar, instalándose en Buenos Aires y ofreciéndonos, como obra conjunta, la serie de vistas de Granada y de los palacios nazaríes en el denominado Salón Alhambra del Club Español, ubicado en la calle Bernardo de Irigoyen, recordando su estancia en tierras hispanas y el influjo orientalista tan propio de la época. Y en paralelo, en la estación Plaza Italia del Subte capitalino brindarnos en cerámica, temáticas y relatos propios de la historia argentina referidos a las misiones guaraníes como San Ignacio Miní. Distintos soportes, diversos asuntos, que dibujan una línea creativa que lleva a esta francesa desde el aprendizaje en la Escuela Nacional de Bellas Artes de París, al recorrido por España y su encuentro sentimental con Villar, concluyendo con la aprehensión estética de su experiencia en el norte de la tierra de acogida.
Si a nivel particular podemos trazar la línea de cada artista presente en la muestra en su itinerario europeo y español, lo interesante es que también se analizan relaciones culturales de ámbito institucional, lo que se pone de manifiesto en momentos conmemorativos como la celebración del IV centenario del descubrimiento de América o la Exposición Iberoamericana de Sevilla, evento que cierra el arco cronológico de la exposición y que tan importante fue para evaluar el posicionamiento de Argentina con respecto a España, así como la calidad artística a tenor de los participantes integrados en el pabellón diseñado por el arquitecto Martín Noel. Arquitectura de síntesis cultural instalada en el mejor solar de los espacios destinados al evento, el denominado “naranjal de la bella flor”. Además, en su interior, aparte de una biblioteca de más de cinco mil volúmenes de escritores iberoamericanos publicados en Argentina, contaba con obras de artistas como Gustavo Bacarisas, español que había sido profesor en la Escuela de Bellas Artes de Buenos Aires, Alfredo Guido, Alfredo Gramajo Gutiérrez y Rodolfo Franco.
El discurso oficial de la inauguración corrió a cargo de Enrique Larreta reconocido por su hispanofilia, lo que podemos certificar a través de su colección artística, conservada, en buena parte, en el museo instalado en lo que fuera su vivienda en el barrio de Belgrano.
Aunque desde la independencia se tuvieron que cicatrizar heridas, lo cierto es que la alta emigración de españoles entre mediados de los siglos XIX y XX, en torno a dos millones, supuso, también, un espacio de encuentro donde el pasado virreinal, asimilado por ciertas élites económicas y culturales, sirvió de enraizamiento permitiendo valoraciones contemporáneas positivas.
En definitiva, puentes culturales y diálogos sin fronteras que posibilitaron, igualmente, la participación de artistas argentinos en las exposiciones nacionales de Bellas Artes en España, en igualdad de condiciones con el resto de iberoamericanos y de los naturales, obteniendo reconocimientos, medallas y compras por parte del gobierno que permiten, actualmente, contar con un acerbo de alto valor artístico en museos de España; entre ellos el Museo Nacional Centro de Arte Reina Sofía, referente de las vanguardias contemporáneas a nivel internacional, con nombres como Benito Quinquela Martín o Francisco Vidal.
Si artistas argentinos expusieron en España en estos años, también españoles lo hicieron en galerías bonaerenses, derivándose ventas y reconocimientos que se tradujeron en el incremento patrimonial de colecciones públicas y privadas, muchas de las cuales han colaborado como prestatarias para enriquecer la exposición que podemos visitar en el Museo de Bellas Artes.
Como ejemplo excepcional de estos caminos imprevisibles, pero positivos, de la cultura, quiero concluir refiriéndome al pintor Jorge Bermúdez, como artista entre dos mundos que nos une simbólicamente. Este bonaerense de nacimiento encontró la muerte, cuando se había reencontrado con los pinceles y la inspiración en Granada. Pese a su corta estancia en la ciudad de la Alhambra, se había integrado en el escenario artístico del momento, quedando constancia de su prestigio en las noticias de la prensa donde fueron significativas las referencias a la pérdida del reconocido pintor.
Hilos artísticos, textiles creativos, redes académicas y críticas que imbrican las enseñanzas que estos artistas nos brindaron a nivel humano, de aprendizaje y de proyección estética para que hoy podamos compartir y deleitarnos con sus propuestas a modo de lecciones de historia cultural y de contemplación individual de la belleza plasmada en sus obras.
*Especial para Hilario. Artes Letras Oficios




