El 24 de marzo de 1877, el zoólogo Henry J. Carter (1813-1895), antiguo cirujano al Servicio de su Majestad en la India y ahora una autoridad en el estudio de las esponjas, enviaba desde su domicilio en Devon, una carta a su amigo Charles Wyville Thomson (1830-1882), naturalista escocés formado como médico en la Universidad de Edimburgo. Carter le devolvía, clasificadas, las colecciones de esponjas recogidas mediante dragado en la expedición del Porcupine (1869-1870). Thomson se las había remitido en 1872 para que las examinara en su residencia, donde permanecieron bajo su custodia. “Siendo propiedad de la Nación”, Carter añadía un informe que remitía con las tres cajas conteniendo los especímenes, tanto húmedos como secos.
Las cajas iban a Escocia vía Midland Railway. El empleado del ferrocarril aseguró que llegarían a destino el lunes siguiente. Todo se había dispuesto con mucho cuidado tanto en el embalaje como en el rotulado, tanto por fuera como por dentro. Las tapas fueron atornilladas para que no se necesitara aplicar fuerza al abrirlas; cada caja se reforzó con cuerdas para su protección, para proporcionar un asa que permitiera moverlas de un lugar a otro y evitar colocarlas boca abajo. Devolvía todos los frascos enviados por Thomson, ciento ocho en total, con sus respectivos contenidos, exactamente tal como los recibió, salvo una cantidad equivalente al volumen de un huevo de gallina, empleada para el estudio detallado de los tejidos. Se añadieron, en cambio, algunas botellas pequeñas donde se colocaron ciertos ejemplares pequeños para evitar confusiones.
Las tapas de los frascos, aunque se ajustaron con rigor, en algunos casos no cerraban. Algunos frascos, por razones prácticas, se acostaron por lo que sus contenidos apenas quedaron cubiertos. Por eso, Carter recomendaba desembalar las cajas inmediatamente y que, después de su llegada, se les añadiera alcohol para evitar la aparición del moho que destruiría los detalles indispensables en el examen de una esponja. Cada frasco llevaba un número correlativo en el exterior además del mismo número escrito con lápiz sobre una etiqueta suelta de pergamino colocada en el interior. Los ejemplares tipo estaban identificados exteriormente, mientras que en el interior llevaban una etiqueta de pergamino marcada con las letras «T.S.» (type specimen) escritas a lápiz. Además, adjuntaba un catálogo manuscrito de todos los frascos y de los especímenes secos. El número correlativo del catálogo correspondía al número indicado en cada frasco. La primera columna contenía dicho número; la segunda reproducía las inscripciones de las etiquetas originales de los frascos cuando llegaron a Devon, las cuales fueron copiadas, ya que en muchos casos se borraron. La tercera columna ofrecía una lista de los especímenes de cada frasco; los ejemplares tipo aparecen escritos en tinta roja para distinguirlos, el resto figuraba en tinta negra. Los primeros fueron etiquetados; los segundos carecían de etiqueta, pues se suponía que, habiendo sido descritos e ilustrados anteriormente, podían reconocerse. La cuarta columna, titulada «Observaciones», proporcionaba aclaraciones suplementarias y señalaba los volúmenes de los Annals and Magazine of Natural History donde los especímenes tipo habían sido descritos e ilustrados.
Carter aconsejaba que todos los ejemplares tipo se retiraran cuanto antes de los frascos y se colocaran en recipientes exclusivos para ellos. Algunos se hallaban representados por numerosos ejemplares dispersos en la colección; otros eran únicos. De este modo quedarían preparados para su envío al Museo Británico para juntarse con las colecciones del Challenger. Carter adjuntaba, además, una tarjeta postal dirigida a sí mismo, con las palabras «Todo ha llegado sin novedad» para que Thomson la remitiese por correo una vez recibidas las cajas, para evitarle la molestia de redactar el acuse de recibo.
La ciencia, en estos frascos que van, vienen, se abren y se cierran, se revela como una serie de prácticas muy concretas que implican etiquetar dos veces, atar tapones, evitar que una caja sea invertida, añadir alcohol antes de que aparezca el moho, copiar etiquetas antes de que se borren. No se trata de clasificar, conservar especímenes y hacer botellas, sino de preservar las condiciones de su futura identificación. En cierto sentido, toda la autoridad científica de Carter descansa en esas operaciones tan humildes como cerrar bien un frasco o asegurar una caja con una cuerda.
En la introducción a sus descripciones de las esponjas recogidas por el Porcupine, Henry J. Carter revela un rasgo que va mucho más allá de la clasificación zoológica. Antes de describir los ejemplares, explica que «cada fragmento que llegó a mis manos fue inmediatamente dibujado y registrado de manera preliminar en mi cuaderno manuscrito, junto con toda la información relativa a las profundidades de sondeo y demás datos que lo acompañaban, de modo que pudiera remitirme directamente a cualquier espécimen particular y, en caso de accidente, disponer de un recurso contra su pérdida total». El trabajo del naturalista no consistía únicamente en observar organismos, sino también en proteger la información que permitía identificarlos. Carter sabía que los especímenes podían romperse, perderse, mezclarse o deteriorarse; por eso producía copias documentales de la colección bajo la forma de dibujos, notas y registros. El cuaderno manuscrito funcionaba como un doble de los objetos conservados en los frascos, una suerte de seguro contra los accidentes materiales que amenazaban constantemente a las colecciones.
Esa misma preocupación atraviesa toda su obra. Al describir cada esponja, Carter anota cuidadosamente el número del frasco, la estación oceanográfica de procedencia, la profundidad a la que había sido obtenida, las otras especies que compartían el recipiente e incluso la presencia o ausencia de etiquetas. Reiteradamente señala que determinado ejemplar procede de un frasco sin rótulo, que otro conserva únicamente la inscripción «Porcupine, 1869» o que cierto recipiente corresponde a una estación concreta de dragado. Los organismos aparecen así inseparables de la infraestructura material que garantiza su existencia científica: frascos, números, catálogos, etiquetas y cuadernos forman parte del espécimen tanto como sus espículas o sus tejidos. Leída desde esta perspectiva, la historia natural decimonónica aparece menos como una ciencia de objetos naturales que como una ciencia de referencias. La autoridad del naturalista dependía de su capacidad para mantener unidas, a través del tiempo y del espacio, todas esas cadenas materiales de identificación. Cerrar correctamente un frasco era importante; pero lo era aún más asegurar que, décadas después, alguien pudiera saber qué había dentro de él, de dónde provenía y por qué merecía seguir siendo conservado
Thomson, por su parte, se había desempeñado como profesor de botánica y zoología en Aberdeen, Cork y Belfast, especializándose en el estudio de los invertebrados marinos y en la vida en el océano. Desde finales de la década de 1860 se fue transformando en una de las principales figuras de las campañas de dragado en el Atlántico norte, incluidas las expediciones del Lightning y del Porcupine, que cuestionaron la teoría según la cual la vida desaparecía en las grandes profundidades oceánicas. El H.M.S. Porcupine era un pequeño vapor de guerra de la Marina Real británica, botado en 1844 en los astilleros de Deptford. Después de diversos servicios navales y de levantamiento hidrográfico, se convirtió en uno de los barcos más importantes en la historia de la oceanografía del siglo XIX. Durante sus primeros años realizó trabajos de reconocimiento costero, participó en operaciones de ayuda durante la hambruna irlandesa, navegó en el Mediterráneo, prestó servicio durante la guerra de Crimea y colaboró en las tareas relacionadas con los primeros cables telegráficos transatlánticos. En 1862 efectuó sondeos al oeste de Irlanda para identificar una ruta adecuada para un nuevo cable submarino. Aquellos trabajos produjeron también muestras del fondo oceánico que llamaron la atención de naturalistas y geólogos, entre ellas algunos organismos obtenidos a profundidades consideradas extraordinarias para la época. La fama científica del barco procede principalmente de la expedición de 1869, organizada por la Royal Society para explorar las profundidades del Atlántico al oeste de Irlanda y comprobar si existía vida por debajo de los 600 metros, límite que, según la teoría azoica se consideraba prácticamente estéril.
Los dragados del Porcupine recuperaron animales procedentes de profundidades cercanas a los 3.000 metros, demostrando que la vida existía mucho más allá de lo que se suponía. La expedición del H.M.S. Porcupine recorrió durante la primavera y el verano de 1869 las costas occidentales de Irlanda y las aguas profundas del Atlántico nororiental, desde Valentia y Galway hasta Rockall y las zonas situadas entre Escocia y las Islas Feroe. Su objetivo era explorar sistemáticamente los fondos marinos mediante dragados efectuados a profundidades cada vez mayores. La riqueza de la fauna recolectada (moluscos, equinodermos, corales, crustáceos, peces y numerosos organismos hasta entonces poco conocidos o muy raros) despertó grandes entusiasmos, en particular las especies procedentes de más de mil brazas de profundidad, así como la constatación de que muchas formas características de las aguas árticas aparecían también en las profundidades del Atlántico.
La expedición reforzaba la idea de que la distribución de la vida marina dependía tanto de la profundidad como de la latitud, y que los fondos oceánicos constituían un ámbito biogeográfico propio, conectado con los mares septentrionales. El logro principal consistió en el desarrollo de los medios materiales necesarios para alcanzar esas profundidades. El problema fundamental era obtener muestras fiables del fondo sin mezclar materiales procedentes de operaciones anteriores y sin perder los ejemplares durante el ascenso. Para ello se añadieron pesos intermedios a los cables, se diseñaron bolsas desmontables que podían vaciarse y lavarse después de cada estación, y se construyeron diversos tamices especializados para separar el barro profundo sin eliminar los organismos diminutos contenidos en él. La validez científica de los resultados dependía tanto de estas precauciones técnicas como de la habilidad para identificar los especímenes recuperados. La historia natural de las profundidades aparece como una ciencia de procedimientos, instrumentos y prácticas de manipulación tanto como de observación zoológica. Se obtuvieron organismos singulares, entre ellos crustáceos de enormes ojos, moluscos vivos procedentes de las mayores profundidades exploradas hasta entonces y diversas formas desconocidas para la ciencia. El viaje concluyó en Belfast en julio de 1869, aunque las investigaciones continuaron después bajo la dirección de Wyville Thomson y William Carpenter, quienes ampliaron la exploración hasta alcanzar profundidades extraordinarias, cercanas a las 2.500 brazas. Se trata de un punto de inflexión en el conocimiento del océano profundo: no sólo revelaron una fauna inesperadamente abundante, sino que demostraron que el fondo marino podía convertirse en objeto de investigación sistemática gracias a una compleja combinación de barcos, cables, dragas, tamices, procedimientos de clasificación y redes de colaboración científica internacional. El descubrimiento de los habitantes de las profundidades fue inseparable de la invención de los dispositivos que permitieron capturarlos, transportarlos y convertirlos en especímenes de museo que alimentaron las colecciones que luego estudiarían varios naturalistas como Henry J. Carter.
Thomson en 1870 obtuvo la cátedra de Historia Natural de la Universidad de Edimburgo, desde donde organizó el proyecto que lo haría célebre. Gracias a sus gestiones, la Marina Real británica puso a su disposición el HMS Challenger, transformado en un laboratorio flotante. Entre 1872 y 1876 Thomson dirigió el equipo científico de la expedición, que recorrió unos 70.000 kilómetros, realizó centenares de sondeos y dragados, y reunió inmensas colecciones zoológicas, geológicas y oceanográficas. En 1877 Thomson estaba instalado en Edimburgo y desde su casa en Queen’s Street coordinaba la distribución y publicación de los materiales reunidos durante el viaje del Challenger. Ese mismo año fue nombrado vicepresidente de la Royal Society of Edinburgh y también publicó los dos volúmenes de The Voyage of the Challenger: The Atlantic, una primera síntesis de los resultados. Thomson era el centro de una vasta red de especialistas que estudiaban distintas partes de las colecciones oceánicas: esponjas, moluscos, corales o foraminíferos. Los especímenes circulaban entre museos, universidades y domicilios particulares para luego regresar a Edimburgo y ser incorporados al gran proyecto editorial del Challenger. Mientras Carter aparece como el hombre de los frascos, las etiquetas y la taxonomía, Thomson organiza las expediciones, moviliza barcos, dragas y marineros, reúne las colecciones y las distribuye entre especialistas. Los dos personajes se encuentran cuando las muestras recogidas en el mar deben transformarse en conocimiento estable y publicable.
Hoy los museos de historia natural del mundo conservan más de cien millones de especímenes en líquidos cuya composición no siempre se conoce. Los frascos sellados y los especímenes de estas y de otras expediciones, de estas y de otras colecciones, pueblan los depósitos de los museos de historia natural. El problema para los conservadores es que abrirlos para averiguarlo puede alterar las condiciones de preservación, favorecer la evaporación o introducir contaminantes. Un estudio de este año propuso identificar la composición de los líquidos a través del vidrio, sin necesidad de retirar el tapón a través de la espectroscopía Raman con desplazamiento espacial [SORS], que permite obtener información química analizando la luz reflejada por el contenido del recipiente.
El método fue aplicado a frascos históricos conservados en el Museo de Historia Natural de Londres y se logró identificar el líquido conservante en un 80% de los recipientes estudiados. La nueva técnica permite inventariar y controlar los fluidos conservantes sin alterar los cierres ni perturbar las condiciones materiales en que los ejemplares han permanecido durante décadas o incluso siglos.
La noticia resulta especialmente sugestiva desde una perspectiva histórica. Durante el siglo XIX, los naturalistas, anatomistas y conservadores dedicaron todo su empeño a perfeccionar tapones, sellos, etiquetas y recipientes capaces de mantener intactos los especímenes durante largos viajes y años de almacenamiento. Hoy, el desafío ya no consiste tanto en cerrar correctamente un frasco como en obtener información sobre su contenido sin romper el cierre que ha garantizado su conservación. Si el siglo XIX fue el arte de cerrar bien los frascos, el XXI parece empeñado en aprender a leerlos sin que deban abrirse.
* Especial para Hilario. Artes Letras Oficios. Esta nota se inspiró en la visita a la Colección de Invertebrados del Centro de Colecciones del Museo Nacional de Escocia durante el congreso de la HSS realizado en Edimburgo en julio de 2026.



