Vivimos un momento singular en la historia de la imagen. La tecnología avanza a una velocidad que pocas generaciones anteriores pudieron imaginar y la inteligencia artificial permite hoy modificar una fotografía, alterar sus componentes e incluso crear imágenes de extraordinario realismo de hechos, lugares y personas que jamás existieron.
Esta nueva realidad plantea interrogantes acerca del tradicional valor de la fotografía como testimonio y documento. Pero, paradójicamente, lejos de disminuir nuestro interés por ella, debería llevarnos a mirar con mayor atención su historia y a valorar aquel extraordinario invento presentado al mundo en 1839, que cambió para siempre nuestra manera de conservar la memoria.
En este contexto adquiere particular significación la trayectoria de quienes dedicaron buena parte de su vida a rescatar, estudiar y difundir la fotografía histórica. Y entre ellos ocupa un lugar destacado mi querido amigo argentino Abel Alexander.
Un encuentro que no olvidé
Lo conocí en Buenos Aires en 1988.
Había viajado para visitar la Feria del Libro y tuve la oportunidad de contemplar una exposición de fotografías antiguas de Buenos Aires organizada por el Centro de Investigaciones sobre Fotografía Antigua en la Argentina «Dr. Julio F. Riobó» [CIFAA], institución creada pocos años antes.
Aquella exposición me produjo una impresión que todavía recuerdo. Allí conocí a tres entusiastas investigadores que, con humor, se llamaban a sí mismos «los tres mosqueteros»: Juan Gómez, Miguel Ángel Cuarterolo y Abel Alexander. Cada uno poseía su propia personalidad y formación, pero los unía una misma pasión: recuperar las viejas fotografías y, sobre todo, estudiar las historias que encerraban.
A pesar de haber tenido el honor de presidir el Foto Club Uruguayo, hasta entonces yo había mirado las fotografías antiguas con curiosidad, aunque sin concederles la importancia histórica que después llegarían a tener para mí. Aquella exposición y las conversaciones mantenidas con estos nuevos amigos me ayudaron a comprender que detrás de cada imagen existía un documento que era necesario observar con detenimiento y valorar con respeto.
Una fotografía podía hablarnos del aspecto de una ciudad, de edificios desaparecidos, vestimentas y costumbres; pero también de inmigración, trabajo, medios de transporte, transformaciones sociales, formas de representación y maneras de vivir y de morir. Y detrás de cada fotografía había, además, un fotógrafo cuya vida y actividad también merecían ser investigadas.
Regresé al Uruguay con una inquietud nueva. Comencé a buscar fotografías antiguas y a interesarme por los fotógrafos que habían actuado en nuestro país. Recorrí archivos y colecciones, y fui comprendiendo el enorme patrimonio que también nosotros poseíamos y que muchas veces permanecía olvidado en álbumes familiares, cajones, mercados de antigüedades o archivos insuficientemente estudiados.
Por eso, cuando hoy pienso en mis propios trabajos sobre historia de la fotografía, no puedo dejar de recordar aquella exposición de Buenos Aires y a aquellos «tres mosqueteros» que contribuyeron a despertar mi entusiasmo.
Una vocación que venía de lejos
Abel Alexander nació en Buenos Aires en 1943. Antes de convertirse en uno de los principales investigadores argentinos de fotografía histórica, había sido él mismo fotógrafo profesional.
Comenzó muy joven. Hacia 1963, sin recursos suficientes para instalar un estudio propio, se dedicó a la fotografía social a domicilio: casamientos, cumpleaños, primeras comuniones, colegios y toda clase de celebraciones familiares. La cámara era entonces para él una herramienta de trabajo. No sospechaba que la fotografía formaba parte, además, de su propia historia familiar.
El descubrimiento llegó muchos años después, a partir de una conversación en la que surgió el nombre de Adolfo Alexander [1822-1881], daguerrotipista y fotógrafo alemán que había desarrollado una intensa actividad en América del Sur. Investigando sus propios orígenes, Abel llegó a descubrir que era descendiente suyo en quinta generación.
Adolfo Alexander se había establecido en Mendoza en 1855 y realizó allí un importante relevamiento fotográfico de la ciudad anterior al devastador terremoto de 1861. Aquellas vistas, que su autor ofreció posteriormente en venta desde Buenos Aires, permanecen hasta hoy desaparecidas y constituyen uno de los grandes tesoros perdidos de la fotografía argentina.
Hay datos o momentos en la vida de todos nosotros que pueden significar un quiebre en nuestra manera de pensar, de vivir y de trabajar. Aquella revelación familiar tuvo para Abel consecuencias profundas. Comenzó a investigar la trayectoria de su antepasado y se encontró con que la bibliografía disponible sobre los primeros fotógrafos que habían actuado en la Argentina era escasa.
La toma de conciencia de esta situación, en vez de desanimarlo, terminó por señalarle un camino. A partir de entonces se embarcó con pasión indeclinable en el estudio de la fotografía antigua argentina. Lo que comenzó como una búsqueda genealógica se transformó en una vocación que habría de ocupar el resto de su vida.
El coleccionista
Resulta difícil separar en Abel Alexander al coleccionista del investigador. En su caso, ambas
actividades se alimentan mutuamente.
Durante décadas recorrió ferias, mercados, librerías de viejo y casas de antigüedades buscando fotografías y todo lo relacionado con ellas. Recuerdo incluso su presencia en la tradicional Feria de San Telmo, comprando, vendiendo e intercambiando antiguas piezas fotográficas. Y recuerdo también cuando recorrimos juntos la Feria de Tristán Narvaja, en Montevideo, donde su ojo experimentado descubrió piezas interesantes en las que yo ni siquiera había reparado.
Pero su coleccionismo nunca consistió simplemente en acumular objetos.
Un daguerrotipo, una carte-de-visite, un retrato a la albúmina, una cámara de madera, un negativo, un álbum familiar o el sello comercial de un antiguo estudio constituían para él pistas de una investigación posible.
¿Quién había tomado aquella fotografía? ¿En qué ciudad? ¿En qué fecha? ¿Quiénes eran las personas retratadas? ¿Dónde funcionaba el establecimiento cuyo nombre aparecía al dorso? ¿Durante cuánto tiempo había trabajado allí el fotógrafo?
De esa manera, las piezas dejaban de ser objetos anónimos para recuperar su contexto y su historia.
Su interés tampoco se limitó a las fotografías, sino que se extendió a todo el universo material relacionado con ellas: cámaras, objetivos, materiales y productos químicos, álbumes, tarjetas comerciales, publicidad de estudios y bibliografía especializada.
Lo que durante años fue guardando en su propio hogar terminó constituyendo un extraordinario conjunto destinado no solamente al disfrute personal, sino también al estudio y la divulgación. En San Miguel creó el Museo Fotográfico «Adolfo Alexander», nacido en 1989 y formado en buena medida a partir de su colección y del rescate de testimonios de su propia historia familiar.
Porque Abel siempre entendió que coleccionar significa también preservar para los demás.
El investigador
Esta segunda faceta explica buena parte de la trascendencia de su obra. Alexander pertenece a una generación que comenzó a investigar la fotografía histórica cuando la disciplina todavía tenía escaso reconocimiento académico en nuestros países.
Reunión fundacional del Centro de Investigaciones sobre Fotografía Antigua en la Argentina [CIFAA], Quilmes, provincia de Buenos Aires, 11 de mayo de 1985. Sentados en la primera fila, de izquierda a derecha: Marcos López, Humberto Ojeda Ruminot, Miguel Ángel Cuarterolo, Luis Priamo, Amado Becquer Casaballe, Abel Alexander y Amadeo Alexander.
En 1985 fue miembro fundador del Centro de Investigaciones sobre Fotografía Antigua en la Argentina «Dr. Julio F. Riobó» [CIFAA], institución pionera en la materia. Siete años después, en 1992, junto con Miguel Ángel Cuarterolo y Juan Gómez, inició los Congresos de Historia de la Fotografía, que habrían de convertirse en ámbitos fundamentales para reunir investigadores, coleccionistas, conservadores e historiadores argentinos y latinoamericanos.
Aquellos encuentros tuvieron una importancia difícil de exagerar. Permitieron que investigadores que trabajaban muchas veces en soledad descubrieran que otros, a cientos o miles de kilómetros, estaban intentando resolver problemas semejantes.
Abel recorrió la República Argentina buscando precisamente esas historias locales, porque comprendió muy pronto que la historia de la fotografía argentina no podía escribirse solamente desde Buenos Aires.
Los primeros fotógrafos fueron personajes extraordinariamente móviles. Viajaban de ciudad en ciudad ofreciendo sus servicios, permanecían algunos meses en una localidad, anunciaban su llegada en la prensa, improvisaban galerías y seguían camino. Más adelante, a medida que aumentaba la demanda, comenzaron a establecer estudios permanentes.
Reconstruir esas trayectorias exigía consultar periódicos, archivos municipales, bibliotecas, museos, colecciones particulares y, sobre todo, hablar con las familias que todavía conservaban imágenes y recuerdos.
Alexander investigó fotógrafos y establecimientos fundamentales para la historia visual argentina: Alejandro Witcomb, Christiano Junior, Samuel Rimathé, H. G. Olds, Samuel y Arturo Boote, entre muchos otros. Aunque su mirada se extendió también hacia aquellos fotógrafos modestos o casi olvidados que habían documentado pueblos y pequeñas comunidades. De este modo contribuyó a rescatar una historia que corría serio peligro de desaparecer.
Y puedo agregar aquí un testimonio personal: colaboró directamente conmigo cuando preparaba mi libro Historia de la fotografía en el Uruguay, publicado en 2006 por Ediciones de la Banda Oriental. Sus conocimientos, su experiencia y, sobre todo, su generosidad para compartir información resultaron de gran ayuda.
El entusiasta difusor
Si tuviera que señalar una característica especialmente admirable de Abel, elegiría su generosidad para transmitir lo aprendido. Nunca concibió el conocimiento, ni tampoco el material que había reunido, conservado y ordenado, como algo destinado a permanecer encerrado.
Había que mostrarlo, compartirlo y ponerlo al servicio de los demás.
Por eso viajó incansablemente para participar en congresos, jornadas, encuentros y exposiciones. Dictó conferencias en museos, bibliotecas, institutos históricos, universidades y escuelas. Orientó a investigadores que comenzaban. Ayudó a identificar imágenes y fotógrafos. Compartió documentos y conocimientos acumulados durante décadas.
Su actividad institucional ha sido —y continúa siendo, pese a sus activos 83 años— igualmente intensa. Es presidente de la Sociedad Iberoamericana de Historia de la Fotografía y vicepresidente del Archivo y Museo Histórico del Partido de San Miguel. Entre 2006 y 2018 se desempeñó, además, como asesor histórico-fotográfico de la Fototeca Benito Panunzi de la Biblioteca Nacional Mariano Moreno.
Ha mantenido asimismo una estrecha vinculación con la Junta de Estudios Históricos de Mendoza, colaborando en la investigación y puesta en valor de su patrimonio fotográfico. Precisamente, el trabajo realizado sobre los fondos vinculados con su antepasado contribuyó a que la fototeca de esa institución recibiera el nombre de «Adolfo Alexander».
Durante largos años desarrolló también una importante tarea periodística especializada, particularmente desde las páginas del diario Clarín, llevando la historia de la fotografía a un público mucho más amplio que el de los investigadores.
En 2021 la Academia Nacional de Bellas Artes le otorgó el Premio Gratia Artis, en reconocimiento a una vida consagrada al estudio y difusión de las artes visuales, y ese mismo año fue designado miembro correspondiente de la Academia Nacional de la Historia de la República Argentina.
Los reconocimientos son merecidos, pero acaso no expresan por completo la dimensión de una trayectoria construida principalmente sobre miles de pequeñas acciones: una fotografía identificada, un archivo ordenado, una consulta respondida, un investigador orientado, una conferencia ofrecida en alguna localidad distante, una imagen salvada de la destrucción.
Papeles más fuertes que los ladrillos
Toda esa trayectoria encontró una magnífica expresión en un libro de título tan extraño como inolvidable, pero que termina por convencernos cuando comprendemos su esencia: Estos débiles papeles son más fuertes que los ladrillos. Historias sobre fotografía antigua.
Publicado por Ediciones ArtexArte en 2021, con prólogo de Laura Malosetti Costa, el volumen reunió trabajos surgidos de más de treinta años de investigaciones.
Sus páginas recorren los antiguos estudios fotográficos de Buenos Aires; rescatan autores conocidos y otros prácticamente olvidados; siguen la expansión de la fotografía por distintas localidades de la provincia de Buenos Aires y estudian su relación con diversos grupos sociales, desde afroargentinos y gauchos hasta inmigrantes italianos y masones.
El libro permite comprender algo esencial en la obra de Alexander: la fotografía no es para él solamente una imagen. Es un objeto material, un documento histórico y, al mismo tiempo, el resultado del trabajo de alguien que estuvo detrás de una cámara en determinado momento y lugar. De allí que aquel título resulte tan acertado.
Los ladrillos parecen sólidos y eternos, mientras que una fotografía antigua parece frágil. Basta la humedad, el fuego, el abandono o una mano desaprensiva para destruirla. Y, sin embargo, muchas veces ocurre lo contrario.
Los edificios son demolidos. Las calles cambian de nombre. Los barrios se transforman. Las personas desaparecen. Hasta las ciudades modifican su fisonomía.
Y aquel pequeño papel permanece. Puede ser reproducido, conservado, valorado, estudiado y custodiado. Y puede devolvernos, muchos años después, algo de un mundo que ya no existe.
Una amistad a través de la fotografía
Han transcurrido casi cuatro décadas desde aquella visita a Buenos Aires en 1988.
La historia de la fotografía ha cambiado mucho desde entonces. Hoy existen fototecas organizadas, instituciones especializadas, investigadores universitarios, sistemas digitales de conservación y una bibliografía que hubiera resultado inimaginable para quienes comenzaron a trabajar en aquellos años.
También nosotros hemos cambiado.
Pero Abel continúa con el mismo entusiasmo, investigando, difundiendo y alentando a quienes se acercan a la fotografía histórica.
Por encima de cargos, distinciones y publicaciones, para mí sigue siendo fundamentalmente un amigo a quien admiro por su profunda vocación y por su entrega al rescate de la fotografía como documento histórico y soporte de la memoria.
Y vuelvo entonces al comienzo.
En momentos en que la inteligencia artificial nos permite producir imágenes de acontecimientos que nunca sucedieron y de personas que jamás estuvieron frente a una cámara, acaso resulte todavía más necesario preservar aquellas antiguas fotografías nacidas del encuentro irrepetible entre una cámara, una persona, un lugar y un momento determinado de la historia.
Abel Alexander comprendió hace muchos años que esos modestos testimonios merecían ser buscados, estudiados y salvados.
Los buscó en archivos y museos, pero también en casas de familia, librerías de viejo y mercados de antigüedades. Investigó quiénes los habían producido. Los llevó a exposiciones. Habló de ellos en congresos y conferencias. Escribió artículos y libros. Y, sobre todo, contagió a otros la pasión por continuar haciéndolo.
Puedo dar testimonio de ello, porque uno de aquellos contagiados fui yo, cierto día de 1988, cuando entré en una exposición de antiguas fotografías de Buenos Aires y conocí a tres hombres que se hacían llamar, entre risas, «los tres mosqueteros».
Uno de ellos —seguramente D’Artagnan— era Abel Alexander.
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