OBJETOS MEXICANOS DE LA COLECCIÓN ZEBALLOS EN EL MUSEO DE LA PLATA. LO VERDADERO Y LO FALSO.

Las dos cabezas de figuras de Teotihuacán donadas por Zeballos y reproducidas por Félix Outes en 1908.

Cerámica con la representación de un hombre de pie o acostado, visto de frente o desde arriba, respectivamente. Posee un tocado y orejeras; lleva su faldellín. Colección Zeballos, Museo de La Plata.

Reverso de la pieza de cerámica con su etiqueta colocada al ingresar al Museo en Junio de (18)93. Colección Zeballos, Museo de La Plata.

Ana Igareta 

Licenciada en Antropología y Doctora en Ciencias Naturales, Universidad Nacional de La Plata. Investigadora Adjunta del CONICET para la Facultad de Arquitectura y Urbanismo de la UNLP. Encargada de colecciones arqueológicas del Museo de La Plata, coordina el Equipo de Arqueología Histórica del Museo.


Ana Igareta se ha especializado en arqueología histórica urbana, forma parte del Centro de Arqueología Urbana.



Daniel Schávelzon 

Director del Centro de Arqueología Urbana (UBA), se doctoró en Arquitectura en la Universidad Autónoma de México con la especialidad Arquitectura Prehispánica. Profesor titular de la Universidad de Buenos Aires, ha sido profesor en distintas universidades de América.


Schávelzon fundó el Centro de Arqueología Urbana, dependiente de la Universidad de Buenos Aires, el área de Arqueología Urbana en el Gobierno de la Ciudad de Buenos Aires y el Área Fundacional en la ciudad de Mendoza. Ex Investigador Superior del CONICET.


Ha publicado unos 50 libros sobre arqueología e historia del arte, y más de trescientos artículos en revistas científicas y de divulgación


Entre otros, ha recibido premios y becas internacionales, como la beca Guggenheim (New York 1994); National Gallery of Art-CASVA (Washington, 1995), Graham Foundation for the Arts de Chicago (1984), Getty Grant Program (1991), Harvard University-Dumbarton Oaks (1996), DAAD Berlín (1988), Center for Latin-American Studies de la University of Pittsburgh (2002), FAMSI, Florida (1995),  y del Centro de Antropología Comparada de la Universidad de Bonn (1998). 

Por Daniel Schávelzon y Ana Igareta

En 1895 el Museo de La Plata recibió una donación de objetos precolombinos de origen mexicano; fueron entregados por Estanislao Zeballos, una personalidad de su tiempo, y forman parte de la colección que lleva su nombre. El estudio de estos artefactos, considerados menores en lo económico y cultural para su época, mostró que había al menos dos falsificaciones de cerámica negra, del tipo llamado “de Tlatelolco”. En esa localidad funcionó un grupo de ceramistas muy activos desde inicios del siglo XIX y quizás desde antes, tanto artistas creativos como falsificadores. Dada la poca significación económica de falsificar ese tipo de objetos en esa época –México en el último cuarto del siglo XIX-, y el fácil acceso a las piezas auténticas que ofrecían los comercios, surgen numerosas preguntas sobre la significación y el valor de la arqueología falsa en aquella época.

Hasta hace no tantos años, uno de los datos fundamentales para determinar la autenticidad de un objeto arqueológico que no había sido hallado en una excavación controlada, era la información de lo que podemos llamar su “genealogía”. Esto es quién y dónde lo encontró o cómo lo obtuvo, en qué contexto se produjo el hallazgo y cuándo sucedió. Algunas de las piezas más importantes de los museos arqueológicos del mundo llegaron donadas por individuos que podían brindar una referencia más o menos aproximada de su procedencia y de las condiciones en que fueron encontradas. Aunque para la arqueología actual, esta situación resulte desconfiable, lo cierto es que las grandes colecciones que la mayor parte de los investigadores todavía utilizamos como referencia, se formaron durante el siglo XIX y comienzos del XX, cuando el estudio de los materiales apenas comenzaba a tomar su actual rumbo académico y la actividad se consolidaba como disciplina científica.

En ese periodo, muchas piezas de origen precolombino fueron donadas a museos latinoamericanos por grandes personalidades de la arqueología local, las mismas responsables de la fundación de instituciones de enorme prestigio científico en la actualidad. Y, casi en la totalidad de los casos, no se cuestionó entonces la autenticidad de esos objetos. La genealogía que daban sus donadores hacía impensable que se tratara de una falsificación.

Tal supuesto se basaba en un conjunto de apreciaciones de variado calibre, que no solo incluía el incuestionable conocimiento de muchos de los involucrados en la identificación de las piezas sino en el convencimiento de que nadie podía estar interesado en hacer falsificaciones de antigüedades locales (particularmente de las de algunos países como la República Argentina) dado que estas casi no tenían valor económico (a diferencia de lo que ocurría en otras naciones, donde sí lo tenían). En el imaginario museográfico de América Latina, todo el material arqueológico que ingresó a sus colecciones antes de 1900 fue considerado auténtico, e incluso llegó a haber consenso que al menos en los países con poco tráfico y saqueo, nada era falso antes de la década de 1950.

Fue tan simplista la mirada de algunos supuestos expertos, que consideraron que las grandes suplantaciones se iniciaron con el negocio de Joseph Brummer en París hacia 1910 (Coe 2011). Lo que sucedió fue que allí se abrió un mercado antes casi inexistente: el de los grandes coleccionistas privados de arte universal, los que comenzaron a incluir desde ese momento piezas precolombinas en la moda de Hollywood dictada por Paul Getty. Gente que sólo quería objetos de muy alto valor, excepcionales, a diferencia de los museos que se contentaban con piezas llamativas... En ese tiempo, los expertos concentraron su mirada en el mercado de lo muy grande, muy caro y a veces muy obvio, sin darse cuenta de que éste era el final y no el inicio de la instalación del negocio.

A la distancia, resulta muy llamativo que a mediados del siglo XIX e incluso antes, en un país tan rico en restos arqueológicos, alguna persona intencionalmente manufacturara objetos semejantes a piezas precolombinas con la intención de que fueran confundidas con aquellas y así ganar dinero. ¿No era más simple ir a excavarlas, ya que no había leyes que lo prohibiera, o quien controlara? Análisis recientes muy detallados llevados adelante en diversas instituciones (Sellen 2018), pusieron en evidencia que un porcentaje de piezas arqueológicas incorporadas en el período antes mencionado, no son auténticas, sino claras imitaciones o falsificaciones, o en el mejor de los casos, como con las urnas zapotecas, eran fragmentos originales completados y aumentados en esplendor.

Falsificaciones, imitaciones, copias

Al momento de considerar la posibilidad de la falsificación de un objeto arqueológico, debe tenerse presente el motivo por el cual se reconoce como tal. En primer lugar, debe descartarse que no se trate de un problema de clasificación, como ocurrió con piezas de origen colonial que fueron inicialmente referenciadas como precolombinas y en las que análisis posteriores reconocieron técnicas, materiales u ornamentación que no eran prehispánicos. Con una adecuada atribución cronológica se comprobó que se trataba de auténticas piezas virreinales. En tales casos nunca hubo mala intención ni afán de engañar a nadie, fue simplemente un problema de contexto que el desarrollo de la disciplina resolvió.

En segundo lugar, debe considerarse la posibilidad de que las piezas fueran auténticas pero que el hallazgo fuera lo falso, tal y como ocurrió con las cabezas cerámicas teotihuacanas supuestamente halladas en Argentina, analizadas y publicadas por Francisco Moreno (1890-91) y luego por Félix Outes (1908). En ese caso el material era auténtico, lo falso fue la información que les dieron acerca de que se las encontró en las cercanías de la laguna de Lobos en la provincia de Buenos Aires. Moreno las publicó de buena fe porque su aparición resultaba consistente con la propuesta de sus hipótesis difusionistas, pero alguien le había mentido sobre su procedencia y ahí está el eje para definir si algo es falso o auténtico: la intención de engañar (Schávelzon 1996).

La tercera consideración es que, más allá de los cambios políticos, culturales y sociales iniciados en el siglo XVI en buena parte de América, ceramistas de todo el continente continuaron manufacturando objetos para usarlos, combinando –como ocurre siempre- materiales y técnicas tradicionales con innovación. En este punto resulta imprescindible recordar que el tránsito del mundo precolombino a la colonia es una abstracción historiográfica. Y que, en la realidad, la gente lo vivió de muy variada manera, incluyendo continuar produciendo un extenso repertorio de objetos con características formales o estéticas semejantes a otros más antiguos. Dichas prácticas de fabricación de cerámica permanecieron, e incluso algunas perduran vigentes. De esta manera hay dos posibilidades: el error genuino de un comprador que confundió o recibió esas piezas creyendo que eran arqueológicas (aunque el vendedor no haya intentado venderlas como tal), o que sea la estrategia de supervivencia económica de venderlas como si fueran antiguas, lo que las convierte en falsificaciones cuando se las presenta como auténticas.

También puede suceder que el artesano ceramista realice copias de piezas auténticas (y que se esfuerce por hacerlas parecer antiguas) pero sin la intención de venderlas luego como originales. En este caso, de haber un engaño, la responsabilidad recae en el comerciante, no así en el fabricante ni en el coleccionista o comprador. El sistema requiere de los diversos actores, pero es complejo decidir quiénes son los culpables, y los últimos son las víctimas del fraude.

La avidez de los coleccionistas y museos por el mundo precolombino desde el siglo XIX –que en realidad no era diferente de la que sintieron los reyes de España con los tesoros de Colón, Cortés o Pizarro-, también generó un hoy ya estudiado proceso de retoque de piezas auténticas o de fabricación de nuevos objetos utilizando como materia prima restos arqueológicos. En México los aztecas ya habían desarrollado los estilos neo-teotihuacanos y neo-toltecas, que no eran falsificaciones sino apropiaciones estéticas. La copia o el reuso no es un tema moderno

La famosa calavera de cristal de roca. Una de las atracciones del Museo Británico, fue reconocida como falsa. 

Por último, cabe mencionar a los verdaderos falsificadores, personajes malintencionados que elaboran piezas con el único fin de venderlas como originales. Nunca son los que comercian con ellas, sólo las venden a quienes las intermedian mezcladas con otras en la larga secuencia del mercado de lo falso. ¿Cuándo surgió eso? No lo sabemos, pero sí en las primeras colecciones del museo de México en la década de 1820 ya había piezas falsas y si Eugene Boban mandó a fabricar la gran Calavera de Cristal del Museo Británico en la década de 1860, queda claro que el tema es aún más complejo de lo que suponemos. Aquella singular pieza exhibida en el British Museum, quizás haya sido el caso más resonante de los descubiertos en años recientes, ya que fue hecha hacia 1860 en Alemania por quienes, hoy se sabe, fabricaron más de una. (MacLaren Walsh 1997, 2005; MacLaren Walsh y Topping 2019).

Falsificaciones en México

En las últimas décadas del siglo XIX se publicaron los estudios más tempranos abocados a señalar la existencia de material falso e imitaciones en ciertas colecciones de gran prestigio. La revista Science incluyó dos artículos sobre el tema, en 1885 y 1886; el primero titulado “Sobre algunas antigüedades mexicanas espurias y su relación con el arte antiguo” (1) y el restante, referido al fraude sufrido por el Museum of American Indians, que exhibía una monumental pieza de cerámica llegada desde México. (2) Poco más tarde, William Holmes, autor de aquel primer artículo, publicó por primera vez un inventario de objetos falsos, y rastreó su origen. (3) Extendiendo el tema a todo el continente, Leopoldo Batres presentó en 1910 un libro con numerosas evidencias. En ese mismo año hizo lo propio Salvador Ambrosetti con los objetos falsificados hechos de bronce en el noroeste argentino. (1910). Aunque debemos reconocer que en Argentina la problemática de la autenticidad de piezas arqueológicas ha sido mucho menos abordada que en otros países de la región.

En opinión de estos y otros investigadores, las falsificaciones existían quizás desde finales del siglo XVIII, pero se trataba de una problemática minimizada por las mismas instituciones que adquirían las piezas, dado que a nadie le gustaba reconocer que fue estafado, o que su supuesto expertise en determinado material, no alcanzó para reconocer su falta de autenticidad. O quizás porque, aunque sabiendo que podían no ser auténticas, valía la pena correr el riesgo. Pasaron décadas antes que el problema de las falsificaciones fuera reconocido como tal y debieron vivirse situaciones como la vergüenza que sufrió México al enviar supuestos ladrillos grabados provenientes de las ruinas de Palenque a la Exposición Colombina de 1892 en España, solo para que Batres (1910) publicara el hallazgo de los moldes con los que habían sido manufacturados.

En las siguientes décadas otros autores confirmaron las apreciaciones de los precursores en el tema, por ejemplo, a través del rastreo y estudio de las biografías de varios grandes falsificadores, timadores y comerciantes de nivel internacional del siglo XIX, que tanto alteraron piezas originales como produjeron nuevas, o que las comercializaban con o sin conciencia, y hasta quizás algunos, creyendo de buena fe que lo que vendían era auténtico. Entre ellos resaltan los nombres de Eugene Goupil, Constantino Rickards, Henry Christy, Louis H. Aymé, Auguste Genin, Eugene Boban o William Niven. Algunos de ellos con negocios en México, donde compraban piezas originales, falsificaciones o cosas dudosas, y las vendían en Estados Unidos y por toda Europa.

Personajes semejantes debieron operar en los otros países del continente, desde allí proveían a compradores extranjeros y nacionales. Indudablemente existieron también individuos encargados de comprar piezas para colecciones privadas y de museos que fueron engañados por los vendedores de falsificaciones y, sin saberlo, contribuyeron a difundirlas. Al momento de intentar reconstruir el trayecto de las falsificaciones arqueológicas resulta imprescindible recordar que, hasta hace unos pocos años, la realización de copias a partir de piezas originales no estaba prohibida y de hecho era una práctica habitual de intercambio entre museos de todo el mundo. El tema no era la copia, sino quienes las hacían pasar por originales.

Esther Pasztory (1982), quien tanto hizo por identificar objetos aztecas falsos, señaló con respecto a Mesoamérica que “Actualmente se asume que por lo general las falsificaciones en el arte precolombino son un fenómeno reciente y que los objetos que están en colecciones desde hace cincuenta años o más, son genuinos”. Como ella demostró, un porcentaje de esas falsificaciones eran identificables por lo burdo, porque quienes las hicieron no tenían la capacidad de comprender el arte prehispánico y le agregaron elementos tomados de Europa u Oriente, o completaban los faltantes con su propia imaginación.

Lo cierto es que las grandes exposiciones que se hicieron en París y Londres a lo largo del siglo XIX, y la Colombina de Madrid de 1892, fueron un semillero de exhibiciones de piezas americanas falsas, entre las que se destacan las famosas urnas zapotecas, de las que sólo cuatro de las treinta y seis expuestas resultaron auténticas. (Sellen et al 2000) Y peor aún, de las cuatro mil urnas zapotecas que hay en los museos del mundo, cerca de mil son falsas (Mogne 1987).  

Para terminar, en este universo de obras falsificadas, aún es válida la pregunta de si los códices Techialoyan, encargados por las comunidades indígenas mexicanas entre los siglos XVIII y XIX para justificar ante las autoridades españolas la propiedad de sus tierras, eran falsificaciones. ¿Y si lo eran, podemos adjetivarlas de esa manera? Es que no presentan una carga negativa, si bien eran modernas y tenían por objeto engañar a las autoridades españolas, debemos comprender que era el único camino para recuperar sus tierras ancestrales, y además se les agregaba información de valor etnohistórico notable actualmente. Diferente fue el códice que le vendieron al conde Waldeck en 1822, netamente neoclásico.

Las piezas mexicanas de la Colección Zeballos

En 1893, pocos años después de que el Museo de La Plata fuese fundado, Estanislao Zeballos (1853 – 1923) donó un pequeño grupo de objetos de cerámica mexicana. Fueron al Depósito no. 9 para su guarda, y allí permanecieron. Salvo las pequeñas cabezas de figuras provenientes de Teotihuacán que sí fueron publicadas (4), el resto quedó en el olvido. Al ser revisado el conjunto resultó interesante encontrar dos piezas de forma rectangular, de cerámica negra, las que no sólo son falsas, sino que su producción extemporánea ya tenía una larga historia al momento de su donación.

Fueron hechas por la misma mano, tratando de imitar objetos del pasado y lo suponemos, para engañar a alguien. No eran utilitarias ni ornamentales, como la cerámica de Tlatelolco del siglo XVIII. Ya hemos demostrado que esta última, en origen imitaba un modelo de vasija española; es decir que no fue hecha para engañar, sino que se la comercializó de esa forma años más tarde. Pese a eso hubo algunas que, en cerámica de su tiempo llevaban adheridas cabezas de figuras humanas más viejas, aunque no necesariamente debemos pensar en un engaño sino también como ornamento, recuperación o divertimento. La dicotomía falso verdadero ya no puede aplicarse. Esas cerámicas, sean de Tlatelolco y/o de Teotihuacán, al igual que las que se hacían en Tula (Estado de Hidalgo) eran de color negro o rojo muy oscuro, y las que comentamos parecen poder incluirse en unas de esas tradiciones que estuvieron muy activas en el siglo XIX. Y al menos en Tula siguen siendo de ese color.

Cerámica con la figura de una mujer acostada, con líneas o rayos que se distribuyen desde su cabeza. Con orejeras. Colección Zeballos, Museo de La Plata.

A la distancia en el tiempo, hoy cabe preguntarnos si Zeballos las compró engañado o sabiendo lo que eran. ¿Y si se las regalaron a su paso por México, aquel acto fue con o sin malicia? Lo demás que trajo era auténtico, piezas muy menores en tamaño y categoría para lo que en ese entonces se consideraba como una obra de museo, o un regalo a un funcionario de otro país.

Hasta donde sabemos el nombre de Estanislao Zeballos no había sido vinculado con la temática precolombina, aunque sí con el desarrollo de las ciencias y el coleccionismo, incluso de cráneos indígenas entre muchas otras cosas. (Artículo de Guillermo Palombo), Y sobre la arqueología mexicana en particular, desconocemos su sapiencia, si es que tuvo alguna. En 1872 formó parte del grupo fundacional de la Sociedad Científica Argentina y tres años más tarde presentó en dicha institución el proyecto de creación del Museo de Ciencias Naturales. En 1879 fue designado el primer presidente del Instituto Geográfico Argentino.

Amigo de varias personalidades de la ciencia de la época –incluyendo al fundador y primer director del Museo de La Plata, Francisco P. Moreno-, y coautor de un informe sobre un túmulo prehispánico localizado en Campana, debemos reconocer que su interés por este material arqueológico no fue el de un científico.

Zeballos -abogado, periodista, catedrático, legislador y funcionario- protagonizó una importante carrera pública; en su apoyo a la Campaña al Desierto -e incluso en el viaje a la Patagonia, posterior a la expedición comandada por Julio A. Roca- y en su labor como canciller argentino. En la presidencia de Juárez Celman fue nombrado Ministro de Relaciones Exteriores en 1889, y en la gestión de Carlos Pellegrini ocupó nuevamente esa función entre 1891 y 1892. En ese momento -la biografía es confusa-, si bien fue designado ministro plenipotenciario en México su recorrido hacia aquel destino diplomático derivó hacia Estados Unidos, enviado como ministro ante la Casa Blanca donde el presidente Cleveland debía dar el fallo arbitral sobre Misiones, el que resultó contrario a la Argentina. 

Si pasó por México de ida o de regreso en aquel viaje, parecería razonable, aunque no tengamos certeza.

Corolario

Una figura humana sentada que inauguró la colección del museo de la Universidad de Harvard, cuna de la antropología moderna, fue llevada desde México en 1866 , y era moderna (moderna de su tiempo) e inspirada en un modelo europeo, seguramente hecha por alguien que mantenía una larga tradición de modelar ese tipo de representaciones sin negar la influencia foránea (Schávelzon 2012). Si se la hizo para engañar o si en origen fue un adorno de una casa campesina, o si pasó intencionalmente por prehispánica y por ser antigua, son cosas que nunca sabremos. Es decir, si fue vendida con esa historia en origen o si quien la llevó eso creyó intuir, o si quienes le dieron ese cariz fueron los que la donaron al museo una vez muerto el que la hizo viajar; todos interrogantes sin respuesta.

Las grandes falsificaciones son del siglo XIX. Pero las realizadas con piezas menores cuyos valores debían ser nimios, indican un interés algo masificado en los inicios del siglo XX, producto del incremento del consumo por el turismo de clase media (Shiner 1994). Por cada gran máscara de piedra o una excelente vasija de obsidiana que lograba venderse, los visitantes debían comprar cientos de figuras de bajo costo como simple recuerdo, como artesanía, como imitación, no para pasarlas como algo antiguo sino como una curiosidad y recuerdo de la visita a un lugar (Mastache s/f).

En síntesis, los conceptos de falso o auténtico son construcciones culturales, con muy variadas posibilidades de interpretación.

Notas:

1. William Holmes: On some spurious mexican antiquities and their relation to ancient art. En Science. Vol. vii, Washington, 1885, pp. 170172.

2. L. T. Gratapac: An Archaeological Fraud. En Science, Washington, noviembre de 1886,pp. 403-404.

3. William Holmes: On Some Spurious Mexican Antiquities and Their Relation to Ancient Art. En Smithsonian Institution Papers Relating Anthropology, Washington, 1889.

4. Fue publicada por Outes (1908: 290-291) y dice que eran dos cabezas las llevadas por Zeballos, las que publicó como las figuras 11 y 12 (Figuras 5 y 6). Al parecer esa segunda ya no pertenece a la colección o al menos no está junto a ella.

Otras referencias bibliográficas:

Batres, Leopoldo (1910), Antigüedades mexicanas: falsificadores y falsificación, Imprenta de F. Soria, México.

Coe, Michael (2011), From Huaquero to Connoisseur: the early market in Pre-Columbian art, (E. Boone edit.), Collecting the Pre-Columbian Past pp. 271-290, Washington: Dumbarton Oaks.

MacLaren Walsh, Jeanne

(1997), Crystal skulls and other problems (A. Henderson y A. Kaepler edits) Exhibiting dilemmas: Issues of representations at the Smithsonian Institution pp. 116-119.

(2005), What is real? A new look at pre-Columbian Mesoamerican Collections, Anthronotes 26- 1: 1-19.

(2006) Falsificando la historia. Los falsos objetos prehispánicos, Arqueología Mexicana, nº 82, pp. 20-25.

MacLaren Walsh, J. y B. Topping (2019), The Man who Invented Aztec Cristal Skulls, New York: Berghahn.

Mogne, Pascal (1987), Les urnes funeraries zapoteques: collectionisme et contrafacon, Journal des Americanistes 73: 7-50.

Moreno, Francisco P. (1890/91), El Museo de La Plata, rápida ojeada sobre su fundación y desarrollo, Revista del Museo I: 51-62.

Outes, Félix (1908), Sobre el hallazgo de alfarerías mexicanas en la provincia de Buenos Aires, Revista del Museo, XV: 284-293.

Pasztory, Esther (1982), Three Aztec Mask of the God Xipe, (E. Benson y E. Boone edits.) Falsifications and Misreconstructions of Precolumbian Art :77-105, Washington: Dumbarton Oaks.

Schávelzon, Daniel (1996), Un fraude histórico al Perito Moreno: la cerámica mexicana de Laguna de Lobos, 1890, VER

(2012), Arte y falsificación en América Latina. México: Fondo de Cultura Económica.

(2012), El imaginario de lo prehispánico: el origen de las falsificaciones de Tlatelolco, Antilha 2: 9-19.

(2014), Mitla o Quechmitoplican: ¿Fantasía del siglo XIX? Disquisiciones sobre Wiliam Niven, Thomas Edison y un grabado imaginario, Arqueología 48: 176-181.

(2020), El pensador de Mesoamérica: El primer objeto (falso) del Museo Peabody de la Universidad de Harvard (1846-1866), Anales del Museo de El Salvador “David Guzmán” 57-58: 212-226.

(2020), Tráfico ilícito de arqueología en Argentina: ¿mercado, corrupción, política, dependencia económica o incapacidad? Revista de arqueología del Poniente 30: 255-260.

Sellen, Adam (2018), Fake: A Story of a Zapotec Urn, Ontario: Royal Ontario Museum.

Sellen, A., L. Lazos, A. Martinez, J. L. Ruvalcaba y L. Bucio (2000), Aplicación de técnicas nucleares y termoluminiscencia en el estudio… de la autenticidad de las urnas zapotecas. Instituto de Investigaciones Antropológicas, México: UNAM.

Shiner, L. (1994), Primitive Fakes, Tourist Art and the Ideology of Authenticity, Journal of Aesthetics and Criticism 52-

2: 225-234.


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