VEINTITRÉS AÑOS DE SOLEDAD O EL CIERRE DEL MUSEO DE ARTE CONTEMPORÁNEO DE CARACAS.



José María Salvador: Obras ejemplares del Museo de Arte Contemporáneo de Caracas. De Albers a Leger. Vol. I. Caracas. Editorial Edisigma. 1985. Fotografías: Gentileza Gabriela Rangel.



José María Salvador: Obras ejemplares del Museo de Arte Contemporáneo de Caracas. De Albers a Leger. Vol. I. Caracas. Editorial Edisigma. 1985. Fotografías: Gentileza Gabriela Rangel.



José María Salvador: Obras ejemplares del Museo de Arte Contemporáneo de Caracas. De Albers a Leger. Vol. I. Caracas. Editorial Edisigma. 1985. Fotografías: Gentileza Gabriela Rangel.



Catálogo de la Primera exposición retrospectiva de Gego, realizada en el Museo de Arte Contemporáneo de Caracas en 1977. Fotografías: Gentileza Gabriela Rangel.



Catálogo de la Primera exposición retrospectiva de Gego, realizada en el Museo de Arte Contemporáneo de Caracas en 1977. Fotografías: Gentileza Gabriela Rangel.



Catálogo de la Primera exposición retrospectiva de Gego, realizada en el Museo de Arte Contemporáneo de Caracas en 1977. Fotografías: Gentileza Gabriela Rangel.



Gabriela Rangel

(Caracas 1963) 


Escritora y curadora independiente afincada en Brooklyn (USA). Fue directora artística de Malba (Museo de Arte Latinoamericano de Buenos Aires), directora de artes visuales y curadora jefa en Americas Society (Nueva York) y curadora asistente en el Museum of Fine Arts Houston.

Por Gabriela Rangel (*)

La última vez que fui a un museo venezolano, visité el Museo de Arte Contemporáneo de Caracas, cuyo logotipo concibió el diseñador Nedo y cuyas tiendas contaron con bolsas y papel de seda especialmente concebidas para envolver sus productos con la imagen estampada de la Reticulárea de Gego. Dicha jornada por el dilapidado espacio del museo me recordó un artículo tragicómico escrito por Gabriel García Márquez durante un accidentado período laboral en Caracas previo a la publicación de la novela Cien Años de Soledad, donde contaba que tuvo que rasurarse con el líquido de un jugo enlatado al haber sido cortado el suministro de agua en el edificio donde vivía.


Se ha dicho en las redes sociales que el Museo de Arte Contemporáneo cerró operaciones el pasado domingo 12 de diciembre. Luego se anunció que aún permanece abierta una sala y que el gobierno ha firmado un convenio de cooperación con una bienal internacional.  Apelo a un excursus: Gertrud Goldschmidt, mejor conocida como Gego, artista judío-alemana equiparada a Mira Schendel, tuvo allí su primera retrospectiva en 1977, recién creado dicho museo que dirigió por casi cinco lustros y con mano de hierro Sofía Imber. (1) Años más tarde, Robert Rauschenberg presentó allí el proyecto ROCI (Rauschenberg Overseas Cultural Interchange) y, según consta en el archivo del artista, era una de las pocas instituciones en Latinoamérica aptas para mostrar su obra por la conjunción de una excelente infraestructura y un manejo profesional del trabajo. Años más tarde, el “Contemporáneo” fue la institución que organizó la retrospectiva de Marisol. Las obras de Gego y Marisol están expuestas permanentemente en las colecciones de museos globales y su legado aguarda por muestras individuales que pronto ocurrirán en el Albright Knox Art Center y el Museo Guggenheim. También fue allí donde Alexander Apóstol hizo su primera exposición individual sobre la sexualidad queer y los estragos del SIDA.


El propósito de mi visita al Museo de Arte Contemporáneo de Caracas, además de reconocerme en la memoria de las obras que conocí desde la adolescencia, era escribir una conferencia para el CIMAM (2) sobre el estado de los museos venezolanos. Apenas inicié el recorrido por la galería donde solía estar instalada (y en aquel momento lo estaba) la Suite Vollard de Pablo Picasso, advertí que el espacio se encontraba a media luz porque casi todas las lámparas estaban quemadas. Los guías de sala me explicaron que no había manera de reponerlas porque eran “importadas” y no había dinero con qué comprarlas. El aire acondicionado tampoco funcionaba en otra sala donde una gotera golpeaba el piso en un rincón próximo a una obra de la artista cubana Ana Mendieta. Desde el auditorio se oían los coros de una muchedumbre que cantaba un karaoke. El auditorio, por cierto, fue el único lugar donde se podía ver una alta concentración de visitantes. El resto del museo parecía una ruina descolorida de otra época, imprecisa, grandilocuente, con algún elemento residual que quedó de los protocolos museológicos, incluidos algunos textos de sala escritos con una ligera impronta de corte social. Hace poco escuché a un académico venezolano radicado en Nueva York hablar sobre las continuas inundaciones ocurridas en el estacionamiento del edificio del complejo de Parque Central donde se encuentra localizado el museo. Se dice que una anaconda de la Amazonia anidó allí.


Hace más de una década, por decisión de un ministro de Cultura, las colecciones de los museos nacionales pasaron a ser reunidas sin importar el perfil de cada institución ni la especificidad de su misión. También se recomendó prescindir de curadores y especialistas. Es decir, el Museo de Arte Contemporáneo de Caracas, en teoría, podría presentar las colecciones del Museo de Historia Natural, ubicado geográficamente en un enclave cercano. Esta decisión administrativa podría constituirse en gesto progresista y hasta radical, si siguiéramos la lógica decolonial de una bienal de arte. Esto sería sólo en el caso hipotético que los museos venezolanos hubieran adoptado la fusión de las colecciones públicas para emplazar una mirada crítica hacia el canon occidental y repensarlo en función de modalidades de presentación en un mundo más inclusivo y complejo, cuyas modernidades se han provincializado y hoy exaltan lo local e incluyen la producción simbólica de minorías ignoradas por el patriarcado blanco euro norteamericano.  Pero el guion museológico que logré ver entonces, tanto en el “Contemporáneo” como en la nueva sede de la Galería de Arte Nacional, no tomaba esa dirección sino aquella, lineal cronológica, que conocimos durante la Cuarta República (período anterior al chavismo) pero con lecturas de sesgo ideológico sobre el acervo.


A este confuso panorama se suma otro episodio, más reciente, ocurrido gracias a mi participación como autora de un ensayo y ponente en la exposición de arte informalista venezolano, organizada en el Museo de Bellas Artes de Houston donde un número importante de obras de las colecciones de los museos nacionales fueron seleccionadas en la lista de obras. Las curadoras Mari Carmen Ramírez y Tahía Rivero, ex directora del Museo Alejandro Otero, a última hora se vieron forzadas a rediseñar las paredes para la inauguración con el fin de cubrir los vacíos que dejaron las pinturas y esculturas de los museos nacionales que nunca llegaron. Dicha exposición de revisión histórica de los años 1960, formulada desde una óptica crítica a la cultura visual de la petro modernidad, tal vez ha sido la única muestra extensiva de arte venezolano que se ha realizado en los últimos diez años en una institución fuera de Venezuela (y me atrevo a pensar que dentro). Me pregunto qué ocurrirá hoy con la Galería de Arte Nacional y los museos de Bellas Artes, Alejandro Otero, Cruz Diez de la Estampa y Grabado, Arte Popular, de los niños, Arturo Michelena, de Historia Natural, del Oeste (Jacobo Borges), entre los muchos que operan en Caracas. También cuesta imaginar qué pasará con los museos del interior en ciudades como Ciudad Bolívar, Mérida, Maracay, Maracaibo y Pampatar. ¿Habrán adquirido estas instituciones obra de artistas venezolanos producidas con posterioridad al 2000? ¿Cuántos de los artistas venezolanos se han marchado? ¿Cuántos curadores venezolanos viven fuera del país y ocupan cargos en museos de EE. UU. o de cualquier lugar donde les acojan? ¿Qué exposiciones de artistas contemporáneos se han realizado en el país y cuántas publicaciones se han producido?


La respuesta que imagino, evoca un verso crepuscular de Kafka: “you are forever speaking of death, and not dying”. Pero el canto de cisne de los museos venezolanos tiene un presente, si se quiere discreto, modesto y mermado, acorde con la ausencia de espacios públicos dedicados a las artes visuales: La sala TAC, la Sala Mendoza, los Galpones de los Chorros, los Secaderos de la Trinidad y tal vez otros que se me escapen. El público general y la sobreviviente clase media educada que aún rema en unos pocos charcos de petróleo dejó de visitar los museos para desplazar el ritual de las musas hacia espacios situados (y sitiados) en shopping malls de zonas residenciales, donde la presentación del arte ha mutado a manifestaciones adaptadas al modelo de kunsthalle o se manifiesta en exhibiciones temporales de galerías comerciales.  Notablemente estas últimas resisten los embates de las cripto devaluaciones, el desempleo, la dolarización de la economía, la violencia de estado, el aislamiento y la criminalidad galopante, productos brutos y brutales de la pobreza cuando se asocia a la corrupción y la pandemia que devasta los lugares más precarios. El resto de los museos nacionales venezolanos, administrados por un régimen que se supone sirve a lo popular, tampoco logra convocar los tours escolares de educación básica, media y superior que solían alcanzar cifras respetables cuando trabajé en uno de ellos. La enorme deserción escolar, el COVID y la falta de interés del régimen militar bolivariano en promover una pedagogía del arte y la cultura han desalojado a niños y jóvenes de ellos. Lo mismo ocurre con las universidades públicas, convertidas en entidades zombis despojadas de presupuesto y de vida propiamente dicha.


Por contraste, los pequeños “centros culturales” privados aunque con agendas públicas, son el reducto de un país prestigiado por un sector que ha contado con el Proyecto de Integración de las Artes de la Universidad Central de Venezuela y el aporte simbólico de artistas de la importancia de Armando Reverón, Jesús Soto, Gego, Alejandro Otero, Elsa Gramcko, Barbara Brandli, Carlos Cruz Diez, Los Disidentes, El techo de la ballena, Jacobo Borges y algún(a) contemporáneo(a) talentoso(a) que logró conseguir un espacio profesional fuera del país.


Antes de apagar la máquina elegíaca de la nación fragmentada en el exilio, con seis millones de ciudadanos que han salido del país tras veintitrés años de desgobierno, debo mencionar que además de los espacios de resistencia que aún sobreviven en la Caracas donde la gasolina está racionada y la hambruna campea, existe, sobretodo, un conjunto importante de obras de arte patrimoniales que requiere de un manejo adecuado a su valor. Dichas obras, pertenecen a la nación venezolana como cualquier activo de Petróleos de Venezuela. Me pregunto dónde y en qué condición estarán, dado que han dejado de circular integralmente, y quiénes estarán a cargo de su integridad y custodia. 


* Brooklyn. 20 de diciembre de 2021. Especial para Hilario. Artes Letras Oficios. 


Notas del editor: 

1. Sofía Imber (1924 - 2017), creadora de este museo, fue desplazada en 2001 por indicación del entonces presidente de Venezuela, Hugo Chávez.


2. CIMAM: Dependiente del Consejo Internacional de Museos (ICOM) se trata de un Comité Internacional para Museos y Colecciones de Arte Moderno; un foro de discusión sobre las colecciones y las exposiciones de arte moderno y contemporáneo. Sus miembros (la mayoría directores y conservadores de museos de arte moderno) participan en las reuniones anuales.


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