Una momia egipcia en Buenos Aires: “nuestro temperamento húmedo le es ingrato”.

Iglesia Santo Domingo (procesión de Nuestra Señora de Rosario). En la imagen, la litografía iluminada de época, obra de Carlos Pellegrini. La acuarela original, del mismo autor, se conserva en el Museo Nacional de Bellas Artes. Fue la primera sede del Museo Público de Buenos Aires.



Estatuilla donada por Gowland en 1843. Fotografía: Revista Arqueología 26(3). 1985. AAVV: Las colecciones arqueológicas egipcias del Museo Etnográfico “Juan B. Ambrosetti”: avances en su investigación.



Irina Podgorny

(Quilmes, Argentina, 1963).


Historiadora de la ciencia. Doctora en Ciencias Naturales (Universidad Nacional de La Plata, Argentina). Investigadora Principal del CONICET en el Archivo Histórico del Museo de La Plata. Profesora Invitada en universidades y otras instituciones nacionales e internacionales. Presidente de la Earth Science History Society (2019-2020), desde 2021 es miembro del Consejo de la History of Science Society (HSS), donde está a cargo de su comité de Reuniones y Congresos.


Autora de numerosos libros, en 2021 publicó Florentino Ameghino y Hermanos. Empresa argentina de paleontología ilimitada (Edhasa, Buenos Aires) y Los Argentinos vienen de los peces. Ensayo de filogenia nacional (Beatriz Viterbo). Este año, Beatriz Viterbo –con apoyo de Hilario- publicará Desubicados. Sus artículos se han publicado entre otras revistas en Osiris, Science in Context, Redes, Asclepio, Trabajos de Prehistoria, Journal of Spanish Cultural Studies, British Journal for the History of Science, Nuncius, Studies in History and Philosophy of Biological and Biomedical Sciences, Museum History Journal, Journal of Global History, Revista Hispánica Moderna, etc.


Asidua colaboradora de la Revista Ñ, dirige la Colección "Historia de la ciencia" en la editorial Prohistoria de Rosario, donde en 2016 se publicó el Diccionario Histórico de las Ciencias de la Tierra en la Argentina, gracias a un proyecto de divulgación científica del CONICET.


Sus publicaciones pueden consultarse: AQUÍ


Por Irina Podgorny *

El 6 de mayo de 1854 se constituyó la Asociación de Amigos de la Historia Natural del Plata para “la conservación y fomento del Museo de Buenos Aires”, con el objetivo de “aumentar sus existencias con producciones de los tres reinos; con preparaciones anatómicas, y objetos arqueológicos, numismáticos, &a., que sean dignos de exhibirse, ó que puedan servir para el estudio de las ciencias, de las letras y de las artes.”  Bajo la iniciativa de, entre otros, Francisco Javier Muñiz, Manuel Ricardo Trelles (1821-1893), Manuel J. de Guerrico, Santiago Torres, Teodoro Álvarez y José Barros Pazos, Rector de la Universidad de Buenos Aires, la comisión directiva determinaría la admisión de las donaciones recibidas, procurando “establecer una publicación periódica en que se den a luz los trabajos de los socios, ó de cualesquiera otras personas relativos al Museo y a la Historia Natural siempre que la mayoría de ella lo pidiere.” La sociedad tomó a su cargo el fomento del museo hasta 1862, trasladándolo del convento de Santo Domingo a cuatro salas de la universidad, en la esquina de las calles Perú y Alsina.


Los fondos surgirían de las cuotas de los socios, de donde también se proveerían empleos. Los Estatutos reglamentaban: el “Encargado del Museo” sería un empleado del Gobierno “con independencia de sus deberes como miembro de la asociación”. Por otro lado, cada semestre, la Comisión Directiva nombraría un socio encargado del cuidado y de la preservación de los objetos existentes, en unión con el empleado, a quien vigilaría el cumplimiento escrupuloso de sus deberes generales y de las órdenes recibidas del Presidente de la Asociación. El Capítulo 10 de los Estatutos trataba “de las donaciones” mencionadas en los atributos y funciones de la Comisión Directiva, a través de alguno de sus miembros debían realizarse. En este sentido, la Comisión y la Asociación trataban de reglamentar los límites de la Historia Natural, evitando que el museo continuara sujeto a la voluntad desordenada de los ciudadanos dispuestos a entregar reliquias, rarezas o herencias no deseadas. Los objetos de historia natural y de los otros ramos definidos en los estatutos debían depositarse donde el Encargado del Establecimiento para su colocación y conservación; por otro lado, las adquisiciones en dinero -del Gobierno o de particulares- se colocarían en una caja de ahorros.


Los doce capítulos y 63 artículos de los estatutos fueron aprobados por el Ministro de Gobierno y Relaciones Exteriores de Buenos Aires, Ireneo Portela, en abril de 1855. Trelles fue Secretario de la Asociación y presentó sus memorias. Este reconocía que la historia del museo se tornaba difícil porque “no tenía archivo”. Para los porteños, en 1856, el Museo estaba atravesando por un momento próspero, presagio de un mejor porvenir. “Hijo del patriotismo”, antorcha de la actividad y del progreso, el avance del Museo “contribuía a enaltecer la época en que estaba siendo realizada”. Trelles consideraba a la Historia Natural, objeto central del museo, como la “ciencia que ha merecido ser llamada la madre de todas, porque todas tienen en ella su origen y sus fundamentos”.


Manuel Ricardo Trelles posa frente al daguerrotipista. 1850 / 1857. Museo Histórico Nacional. Buenos Aires. (MHN 8950)



La Asociación era un cuerpo colegiado. Según los estatutos, la tarea de fomentar el museo no se trataba de una empresa individual, ni siquiera del Gobierno, sino una tarea de los ciudadanos habilitados, controlándose mutuamente y peticionando frente al Estado. En 1856, Trelles veía con optimismo el devenir de las cosas, afirmando:


Apenas el decreto superior de 6 de mayo de 1854, que creó la asociación, fue conocido del público, empezó el Museo á recibir los testimonios de la general aceptación que merecía, dentro y fuera del país, el pensamiento que lo inspiró. De todas partes, y de toda clase de personas, recibió cada día esa prueba. Podría decirse que la naturaleza levantó entónces sus reales y se puso en marcha hácia Buenos Aires á depositar sus ofrendas en el nuevo templo que se erigía para rendir culto a la ciencia.” (Trelles, 1856: 8)


Se recibieron tantos objetos que en dos años se había duplicado la cantidad acumulada en las tres décadas anteriores. La Asociación, por otro lado, nombró los socios de número fijado por los estatutos, eligiendo setenta y ocho miembros honorarios y setenta corresponsales. Del pago del diploma de los socios (cien pesos cada uno) y las cuotas semestrales en 1855 se habían obtenido 10.860 pesos que, para 1856 habían ascendido a 15.000. Las donaciones de los socios, corresponsales, herederos y pasantes circunstanciales muestran el peso del coleccionismo en la sociabilidad por estas comarcas.


Los donantes, en su mayoría caballeros –con las excepciones de Dionisia Maldonado, Gertrudis Rodríguez Peña de Olavarría y Felipa Segismundo de Laprida quienes, respectivamente, donaron un camoatí, un retrato de Nicolás Rodríguez Peña (hermano de Gertrudis) y “dos cristalizaciones, una muestra de ágata del Estado Oriental, 83 conchas y dos plantas marinas”- irán presentando, a título individual, cosas de procedencia variada. Solo una donación procede del Gobierno y otra, la de un ternero monstruoso, de un colectivo como la redacción de “La Tribuna”.


Los herederos del sacerdote Saturnino Segurola se encontraban en posesión de algo que no querían mantener y entregaron al Museo Público los objetos del gabinete del difunto quien, en vida, había reunido muestras de las costumbres de países exóticos, un monetario y conchas, reliquias de las invasiones inglesas y de la historia de la ciudad, minerales, plantas y partes duras de animales raros. Segurola se había interesado también en “chinoiseries”, al igual que el joven Emilio Bunge, quien, sin pensar que varias décadas más tarde sería Intendente de la Capital Federal, entregaba un libro chino, un bando imperial, un anuncio de teatro y cigarrillos, objetos que, sumados a los zapatos donados por los Segurola, mostraban que desde el Plata se acompañaba la expansión inglesa en la China y también en la India.


Muchas donaciones se refieren a las rutas de viaje y del comercio internacional de la época. El Dr. José María Uriarte, futuro director del Asilo de Alienados, se había preocupado por testimoniar un itinerario con recuerdos materiales –y minerales- de Tenerife, el Vesubio, Pompeya e Itálica, emulando el Grand Tour dieciochesco y las rutas de los románticos alemanes, ingleses y franceses. Las historias de los museos muchas veces dejan de lado este aspecto colectivo de la constitución de las colecciones y se centran en la tarea de síntesis de sus directores o de aquellos consagrados por la historiografía como figuras centrales o fundadoras de las disciplinas. La lista de donantes, sin embargo, muestra que los individuos formaban parte de una red social local e internacional de intercambio y de compra-venta de objetos de historia natural, rarezas, monetarios y “reliquias” históricas.


Los objetos entregados al Museo inscriben los itinerarios individuales en un todo donde los mismos se disuelven. Trelles, al informar sobre los objetos ingresados al museo, solo destacaría algunos de los nombres de los donantes cuyos intereses privados aparecen en en las cosas que entregan. Asimismo, muestran el orden del inventario previo a la clasificación presentada por Trelles. El vocabulario científico del siglo XVIII (“petrificaciones”, “madréporas”) convive, por ejemplo, con nomenclaturas que son el fruto de la comparación con la cotidianeidad del coleccionista (“batata petrificada”, “sauce y algarrobo petrificado”).


La fundición de los metales y la desaparición de las formas despertaron el afán recolector de varios como se ve en las donaciones de clavos y otros objetos fundidos accidentalmente como resultado de los incendios. La presencia de objetos realizados por los indios contemporáneos de las Pampas y del Chaco y de antigüedades procedentes de Perú, Bolivia y el Viejo Mundo contrasta con la falta de objetos arqueológicos de aquellos territorios “argentinos” donde se estaban recogiendo los minerales, los fósiles, las aves, los mamíferos, las reliquias históricas y los distintos fenómenos de la naturaleza. 


La primera donación fue realizada por el mismo Trelles el 15 de marzo y consistía en fragmentos de los animales fósiles de las Pampas además de un caparazón del animal emblemático de la América del Sur: un mataco o armadillo. La cantidad y el tipo de donaciones excedieron las de Historia Natural y no parecen haber sido rechazadas. Muy por el contrario, las donaciones dieron forma al museo y crearon un equilibrio entre la historia natural y otras ramas del conocimiento, desatando con ello las críticas de los visitantes extranjeros. Las donaciones adoptaron una forma espontánea y pragmática que, de alguna manera, continuaba aquella sugerencia de Manuel Moreno del año 1824: el museo se establecería “con lo que hubiera”.  Trelles aclara: “el Museo Público de Buenos Aires, a pesar que su principal objeto es la Historia Natural, es sin embargo un Museo general que reúne toda clase de objetos que puedan servir para el estudio de las ciencias, de las letras y de las artes”.


Así, el Museo, en 1856, podía considerarse dividido en seis secciones, una para cada reino de la naturaleza (Zoología, Botánica y Mineralogía), dos para la Numismática y las Bellas Artes, y la sexta para varios ramos. Esta última, compuesta para “todos los objetos que no están comprendidos en los anteriores, y que, por los diversos ramos á que pertenecen no pueden formar secciones separadas” sugiere que la aceptación de las donaciones no pudo pautarse como declaraban los estatutos y, que, en cambio, forzaron a crear una sección por fuera de los intereses declarados. Como “varios” se agrupaban, entre otros objetos, “una estatua ejipcíaca” donada en 1843 por Tomás Gowland (1803 - 1883), socio de número de la asociación, comerciante inglés que, con sus padres y hermanos, habían llegado a Buenos Aires en 1812, donde, a fines de la década de 1820, se asociaron con George Washington Slacum, cónsul de los Estados Unidos. Como cuenta Maxine Hanon, era el dueño de la famosa “Casa del martillo”, una firma de subastas que perduró hasta 1870. Thomas Gowland fue el rematador obligado de los británicos de Buenos Aires, “ricos y pobres, diplomáticos, reverendos, hoteleros o comerciantes, todos le confiaban la venta de sus muebles cuando decidían mudarse o abandonar la ciudad”. De notoria actuación pública, en los primeros años de la Asociación de Amigos de la Historia Natural, ejercía su mandato de diputado de la provincia.  Quizá la estatua egipcia procediera de uno de esos remates, de un regalo, o de un viaje. Como sea, hoy la invocamos como uno de esos fragmentos de la egiptomanía que en las últimas décadas había invadido a Europa y, por lo visto, llegado al Río de la Plata.


Los “varios” restantes incluían unas muestras de mosaico de los pavimentos de varios templos de Herculano y Pompeya (donados por el socio honorario Uriarte); una colección de vasos y objetos de los antiguos peruanos (donados por Antonio Miguel Álvarez, quizás una herencia de su padre, el arequipeño Ignacio Álvarez Thomas), mapas geográficos de alto relieve (donados por el cónsul prusiano Friedrich von Gülich), armas y objetos de uso de los salvajes de América (donados por varios socios) y muchos otros objetos no enumerados.


La sección de Bellas Artes, con apenas cinco piezas en 1854, ahora tenía 35, “sin mérito artístico pero que debían conservarse como monumentos históricos”. En esta sección se incluían el retrato del decimosegundo Obispo de Buenos Aires, otro del General Beresford, el de dos soldados del regimiento 6° de Campaña de la época de Rosas y el retrato y la estatua del Barón Alexander von Humboldt, donados por von Gülich.


En 1854, la sección de Zoología contaba con 1475 objetos y, desde entonces, había adquirido otros 2.052. Trelles los clasificaba según el orden de las clases zoológicas: Mamíferos (incluyendo aquí al hombre, los cuadrumanos, los vespertilios, los cuadrúpedos, los cetáceos y los huesos fósiles), Aves, Peces, Mariscos, Reptiles, Insectos y Monstruos. La clasificación combinaba varios sistemas de clasificación. Esta sección, por otro lado, era la de más difícil conservación ya que “los seres destinados á componerla son por ley natural deleznables después de la vida, y todos los preservativos y cuidados que se emplean para conservarlos, el mayor tiempo posible, son pocos para contrastar la ley que los combate”. De alguna manera, un Museo se presentaba como el espacio que buscaba detener las leyes inexorables del tiempo y de la destrucción mediante varios recursos artificiales: los más eficaces preservantes y los muebles y armarios apropiados para guardar las piezas, que evitaran la influencia inmediata de la atmósfera, la invasión del polvo y los insectos. Sumado a ello, la acción conjunta de la vigilancia diaria dedicada a hacer frente a cualquier amenaza y de “un intelijente preparador que, al mismo tiempo que emplee los métodos mas eficaces para preservar, tenga estensos conocimientos en el reino animal, para que sus trabajos den vida a la misma muerte.” Para ello, era necesario equipar al Museo. En la sección de Zoología, había cuadrumanos, insectos y aves del país y de otros lugares de la América meridional, incluyendo algunas del Brasil, presentadas por el socio fundador, el hacendado Manuel José de Guerrico, hoy considerado “el primer coleccionista de arte con que contó la Argentina“, pero que, por lo visto no descartaba la historia natural.


Una parte de las colecciones relativas a los seres humanos se ubicaron en esta sección de Zoología. Entre ellas, la momia de Egipto y su sarcófago cubierto de jeroglíficos, que, dado que se carecía de un paleógrafo local para descifrarlos, se ignoraba quién era el muerto. La momia, como los otros ejemplares zoológicos, presentaba signos de deterioro: “Nuestro temperamento húmedo le es ingrato”, afirmaba Trelles, pero, salvo esta consideración, no generaba ningún tipo de dudas acerca de dónde debía albergarse. En la sección de Zoología, además de la momia egipcia, había cuadrumanos, insectos y aves del país y de otros lugares de la América meridional, incluyendo algunas del Brasil, presentadas por el socio fundador Manuel José de Guerrico.


Del orden dado a las colecciones sobresale que estos objetos colocados en “varios” no parecen ser suficientes o los indicados para iniciar una sección de arqueología, a pesar de que los estatutos hablaran del fomento de la adquisición de objetos arqueológicos. Por otro lado, la momia egipcia fue incluida en la sección de Zoología, para representar al grupo de los humanos, separándola de la estatua del mismo origen donada por Gowland y que se depositó en “varios”. Trelles está haciendo primar un criterio “natural” más que geográfico o cultural, agrupando las cosas por su lugar en los reinos de la naturaleza. Una posición más que interesante para la Buenos Aires de entonces: una conclusión del orden linneano del mundo pero que pronto adquiriría otros significados.


* Irina Podgorny es la autora con Maria Margaret Lopes de El desierto en una vitrina. Museos e historia natural en la Argentina, publicado en México en 2008 y reeditado por Prohistoria ediciones (Rosario) en 2014. Estas líneas se basan en el capítulo 3, “La naturaleza en marcha hacia Buenos Aires”.



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