TORNAVIAJE. ARTE IBEROAMERICANO EN ESPAÑA.

Biombo de la Conquista y La muy noble y leal ciudad de México. México, último cuarto del siglo XVII. 



Juan Patricio Morlete Ruiz: Las apariciones de la virgen de Guadalupe. México, circa 1770. Catedral de Santiago de Compostela. 



“Escudo de armas concedido por el emperador Carlos V a los descendientes de los incas Gonzalo Uchu Hualpa y Felipe Tupa Inga Yupangi, hijos de Huaina Capac y nietos de Tupa Inga Yupangi”. Archivo General de Indias, Sevilla.



Peana de la Virgen de la Caridad, hecha en plata, con la representación del Cerro Rico de Potosí. Villarrobledo. España. 



Rafael López Guzmán


Catedrático de Historia del Arte de la Universidad de Granada. Ha sido director de Extensión Cultural de la Universidad de Granada, vocal de las Comisiones Andaluzas de Bienes Inmuebles y Museos, y director del Seminario Permanente de Patrimonio Histórico de la Universidad Internacional de Andalucía. Coordinó, a nivel científico, el proyecto “El legado Andalusí” y dirigió el Master de Gestión Cultural de la Universidad de Granada. También ha organizado programas internacionales de posgrado, coordinados por la AUIP, sobre “Gestión y conservación del Patrimonio” (Cuba y Colombia). Ha sido Presidente del Comité Español de Historia del Arte.


Actualmente es Vicepresidente del Centro de Estudios Históricos de Granada y su Reino. También es Director del Departamento de Historia del Arte de la Universidad de Granada. Igualmente, es Correspondiente de la Real Academia de Bellas Artes de San Fernando y de la Academia de la Historia de Cartagena de Indias. 


En 2014 se le concedió el premio andaluz de investigación “Plácido Fernández Viagas” en reconocimiento a su trayectoria investigadora. También ha sido condecorado con la Orden mexicana del Águila Azteca (2015) por sus contribuciones a la historia de la cultura de México.


Sus publicaciones giran en torno a la época moderna en Andalucía e Hispanoamérica (www.andaluciayamerica.com), así como con la cultura islámica y especialmente el arte mudéjar. Ha participado en proyectos de edición conjuntos, destacando los referidos a los ámbitos hispanoamericano, mudéjar y musulmán, así como otros relacionados con la conservación patrimonial. Como conferenciante y profesor invitado ha participado en programas de postgrado en distintas universidades españolas y americanas. Ha coordinado y comisariado el montaje de numerosas exposiciones de carácter nacional e internacional.

La exposición que sorprende en el Museo del Prado (Madrid), con la voz de su curador, Rafael López Guzmán, en exclusiva para Hilario.


En pocas palabras, la idea fue sacar a la luz las huellas artísticas de Hispanoamérica que en su tiempo iluminaron la vida de España. Ubicar esas obras, restaurarlas y estudiarlas, fue uno de los primeros objetivos de esta exposición, y vaya maravillas que se han reunido fruto del trabajo del equipo curatorial encabezado por el catedrático de la Universidad de Granada, Rafael López Guzmán, con la asistencia de dos especialistas mexicanos, miembros del Instituto de Investigaciones Estéticas de la UNAM, Jaime Cuadriello y Pablo F. Amador.


Desde Hilario nos propusimos conocer detalles relevantes de tamaño acierto, y entrevistamos a su comisario, quien nos indicó en un primer comentario: “El objetivo fue visualizar ese importante patrimonio artístico que llegó desde América y se integró en su tiempo a la cultura española de este lado del Atlántico, obras no valoradas hasta aquí lo suficiente, y que permanecen en la actualidad en España en colecciones particulares, de carácter religioso o públicas, algunas en sitios de difícil acceso, mal comprendidas, de las que no teníamos noticias de su existencia”.


Al cabo de la puesta en valor de aquellos tesoros, sigue la voz de López Guzmán: “decimos en términos cuantitativos que, posiblemente, cualquier ciudadano de España ubicado en un pequeño pueblo o en una gran ciudad, tenga en la actualidad y en un radio de 20 kilómetros de distancia al menos una obra americana, sin que sea consciente de esta afirmación. O desde otra perspectiva, afirmamos que en época virreinal llegaron más obras desde el otro lado del Atlántico que, desde los territorios más cercanos de la monarquía hispánica, como Nápoles o Flandes”.


La exposición busca así destacar la importancia cultural de América para España, en una nueva mirada que permite apreciar cuán relevante lo fue en su tiempo. Estudios realizados, indica López Guzmán, permiten dimensionar hoy el significado de los mercados externos para la producción artística de México en tiempos virreinales: entre el 25 y 30 por ciento de la obra de arte que se produjo entre los siglos XVII y XVIII, se elaboró para la exportación hacia el virreinato del Perú, a España y el resto de Europa, e incluso hacia Filipinas. Esta producción nacida en América a partir del siglo XVI reúne aportes de las culturas que allí se encontraban, de España y el resto de Europa, de África incluso y hasta de Oriente a través del galeón de Manila.


Y nos aclara su curador, “del centenar de obras que integran la exposición, aproximadamente un tercio corresponden al Virreinato del Perú, incluyendo pinturas, esculturas y orfebrería, todas con un valor artístico y cultural excepcional".

 

 

La exposición


Ciento siete piezas forman la exposición que se desarrolla a partir de dos ejes centrales: la urbanización que gira en torno a la plaza mayor de las ciudades hispanoamericanas -concentración de su poder político, religioso y económico-, y el atrio conventual como espacio de hibridación cultural que trasciende la labor de catequización y evangelización primaria, pues allí se atiende a la educación y también, por ejemplo, el cruce entre la medicina precolombina y la que llega desde Europa. 


Tornaviaje. Arte iberoamericano en España permanecerá en exhibición hasta febrero de 2022.



En torno a la plaza mayor

 

La ocupación territorial de América por parte de la corona española generó un importante desarrollo urbanístico que adoptó el modelo en damero de manzanas cuadradas -se conocen algunas pocas de manzanas rectangulares-, con la fundación de los pueblos de indios o de naturales -a través de reducciones y congregaciones, para controlar y catequizar las poblaciones originarias- y de las ciudades de carácter administrativo donde vivieron los españoles y criollos, con la organización concreta del territorio.

 

Imagen de una sala con el biombo mexicano al centro. Fotografía, gentileza: Museo Nacional del Prado.

 

Dicha evolución se ve reflejada en la primera sala mediante un gran biombo de seis metros de largo con la representación de la historia de la conquista de Tenochtitlan y en su otra cara, la vista de la ciudad de México. Fechado entre 1692 y 1696, viajó en su época a España y en poder de una familia desinformada, por poco sucumbe ante el paso del tiempo y los descuidos; pero que restaurado se ha convertido en uno de los cinco ejemplares conservados en el mundo. 


También muestra el desarrollo urbano en los territorios americanos, el plano de la ciudad de La Plata levantado en 1779, conservado en el Archivo General de Indias. Se aprecia en él, la ciudad cabecera del Arzobispado de Charcas; ciudad que llevó distintos nombres -Charcas, La Plata, Chuquisaca y Sucre- y es hoy sede del poder Legislativo de Bolivia.


En estas grandes urbanizaciones, su corazón se situaba - y lo sigue siendo- en torno a la Plaza Mayor, con la localización de los distintos poderes administrativos y también, sede del trasiego económico con los mercadillos donde se vendían los distintos frutos de la tierra venidos desde las áreas de producción próximas y las mercancías llegadas desde otras latitudes a través del tráfico comercial de la época. Bien lo testimonia una preciosa vista de la Plaza Mayor de la ciudad de México -su zócalo-, una pintura realizada en 1772 por Juan Patricio Morlete Ruiz y encargada por el virrey Bucareli. Hacia allí concurrían los nativos con sus producciones locales, un universo de nuevas especies -entre ellas, las papas, el maíz, el tomate, el pimiento, e incluso, el chocolate y la vainilla-, las que también fueron exportadas hacia Europa transformando su gastronomía -la popular y la suntuaria- y acabando con las hambrunas medievales. Cuatro pinturas del siglo XVIII, oriundas de México y Quito, dan cuenta de esta producción local.


Y entre los lienzos localizados y exhibidos en las salas del Museo del Prado, también están los retratos de distintas autoridades virreinales -políticas y religiosas- encargados para su envío a las comunidades de origen en la península, o bien mudados por los propios comitentes a su regreso después de cumplir funciones en las provincias ultramarinas, como sucedió con el retrato que en 1773 Pedro José Díaz pintó del virrey del Perú, Manuel de Amat. Aunque cabe aclarar, nos lo explica Rafael López Guzmán, “en general, estos personajes no regresaron a España, sino que se quedaron y murieron en América, creando líneas genealógicas que maduraron, a fines del siglo XVIII, conceptos políticos que llevarían a la independencia de los territorios americanos”.



Política y religión en un viaje de ida y de regreso


El proceso de evangelización requirió de una capacitación especial de los religiosos que ya en España, adquirían conocimientos sobre las lenguas nativas de América -aymara, quechua, náhuatl y tantas otras- en el afán de comunicarse con estas poblaciones. Franciscanos, dominicos, agustinos, carmelitas descalzos y jesuitas avanzaron con sus devociones en un proceso que desembocó en las lecturas propias del mundo americano, con obras que poseen distintas particularidades que aluden a las experiencias locales. Entre otras pinturas que reflejan ese cruce cultural, destaca Las apariciones de la virgen de Guadalupe, un óleo del mexicano Juan Patricio Morlete Ruiz que pintado en América hacia 1770, preside la Sala Capitular de la Catedral de Santiago de Compostela.


HILARIO: ¿Se trataba de obras de calidad secundaria, comparada con las producciones de los maestros españoles peninsulares?


RAFAEL LÓPEZ GUZMÁN: La exposición deja en claro que esto no era así, más bien muestra lo contrario. Precisamente se exhiben dos importantes pinturas de los maestros mexicanos Cristóbal de Villalpando y Nicolás Rodríguez Juárez; obras de gran categoría que desmienten esa imagen que pesa sobre la producción americana como de calidad secundaria, comparadas con las creaciones del barroco y del renacimiento español. Se las conserva en la Catedral de Jaén, y presentan esa jerarquía que también posee la serie de dieciséis cuadros atribuidos a José de Ibarra, otro artista mexicano influenciado por la obra de Murillo, pero en composiciones propias de notable calidad.


H: ¿Podemos ver en Tornaviaje las huellas de la cultura incaica?


RLG: La ubicamos en el arte del Perú virreinal que se hibrida con la estética y las formas artísticas prehispánicas. Por ejemplo, en el “Escudo de armas concedido por el emperador Carlos V a los descendientes de los incas Gonzalo Uchu Hualpa y Felipe Tupa Inga Yupangi, hijos de Huaina Capac y nietos de Tupa Inga Yupangi” (Archivo General de Indias, Sevilla), fechado en 1545, donde aparece representado “El gran topa Ynga Yupangui” (sic) con los elementos propios del incanato desde la mascaipacha (1), el unku con decoración de tokapus (2), los llakolla (3), así como, en oro, las orejeras, el cetro, el tupayauri (4), las rodilleras y las sandalias, estas últimas con representaciones de pumas.


De igual forma, otros elementos propios de la cultura inca como los tejidos denominados “cumbi”, a base de lana de vicuña, que estaban reservados para la familia de los gobernantes, están presentes, con una gran precisión, en el retrato de la Marquesa de Villafuerte, doña Constanza de Luxán.


H: ¿Han seleccionado para la exposición otras obras creadas en los centros de producción de arte religioso de Quito, Lima, Cuzco o Potosí?


RLG: Si, aunque no exhibimos todas las obras localizadas. Digamos que, en ese tiempo, había una necesidad de mostrar el prestigio social adquirido en América, de comunicarle a sus paisanos la situación económica alcanzada, y para ello se enviaron pinturas, sobre todo, desde los distintos centros productores del virreinato del Perú. Es el caso de Diego Morcillo que fue virrey del Perú y arzobispo de La Plata (actual Sucre) y de Lima, quien envió a su pueblo natal llamado Villarrobledo (provincia de Albacete) varias obras entre las que sobresale la peana de la Virgen de la Caridad que es una maqueta del cerro de Potosí con una precisión excelente de carácter topográfico a lo que se unen plantas, llamas y personas que desarrollan su actividad en torno a las bocas de minas. De aquel virrey/arzobispo se conservan en Villarrobledo algunos retratos suyos, que no están en la exposición; pero también otros cuadros de, por ejemplo, los condes de la Vega del Ren, familia criolla que se ennoblece en Perú y que debió enviar en algún momento (posiblemente en el siglo XIX) retratos a ramas familiares en la Península Ibérica para afianzar esos lazos de sangre. Exhibimos tres de ellas; algunas otras están actualmente en colecciones norteamericanas.


En el santuario de Nuestra Señora de la Caridad, Villarrobledo, su patrona con la peana y el arco labrados en plata, llegados desde América. Fotografía: Gentileza Turismo Ayuntamiento de Villarrobledo.



Y en la exposición se presentan otras obras de carácter religioso llegadas desde América, las que cualificaban a los donantes y servían para ejemplificar en los territorios que las recepcionaban, una nueva religiosidad específica de América. Me estoy refiriendo a devociones como la Virgen de Copacabana, Santa Rosa de Lima, la Virgen Peregrina de Quito o la Virgen de Chiquinquirá de Colombia; devociones que se expresaban en pinturas y en imágenes. Efectivamente, herederas de técnicas precolombinas y adaptadas a las nuevas necesidades, presentamos también una imagen de la Virgen de Copacabana hecha en pasta de maguey en el Alto Perú hacia 1617, conservada en el Monasterio Madres Dominicas de Sevilla.


H: Nos acaba de mencionar esa peana potosina exhibida en Tornaviaje; la plata extraída del Cerro Rico de Potosí no solo enriqueció las arcas de la corona, también viajó labrada en maravillosas obras.


RLG: La plata de las minas americanas y concretamente la de Potosí, puso en circulación un enorme monetario acuñado en las distintas cecas, comenzando, claro está, con la propia situada al pie de la mina. Pero también se tesaurizó un montante importante de metal en obras de orfebrería que sirvieron para visualizar el prestigio social de los comitentes. Cálices, Sagrarios, cruces procesionales, copones, custodias, muestran ese fervor religioso que cruzó el Atlántico y dejan en evidencia las cualidades de sus maestros americanos, auténticos artífices en los más diversos oficios.


Y debo mencionar entre aquellas piezas de plata exhibidas, la arqueta -una suntuosa caja labrada en un taller altoperuano de la segunda mitad del siglo XVIII- que perteneció al obispo Pedro de Barroeta, natural de Ezcaray en La Rioja, quien la donó a la iglesia de su pueblo, como lo indica su legado testamentario.


H: ¿No han dado en España con recipientes destinados a la infusión de la yerba mate?


RLG: En cuanto a estos recipientes, no hay ninguno en la exposición, si hay otros específicos para productos americanos como una mancerina (5), relacionada tipológicamente con el virrey del Perú entre 1639 y 1648, don Pedro de Toledo y Leiva (marqués de Mancera) aficionado al consumo de chocolate y supuesto “inventor” de este tipo de soporte.



Notas: 

1. Mascaipacha: corona, símbolo de poder en el incanato.

2. Prenda precolombina, antecesor del poncho, denominada por los españoles “camixeta”; tenía una abertura para la cabeza y sus laterales cosidos, dejando libre el espacio para pasar los brazos. En ocasiones se la decoraba en campos bien delimitados -los tokapus- donde se observan distintas escenas, personajes y elementos.

3. Llakolla: niño o joven aborigen. 

4. Tupayauri: vara o bastón de oro, otro símbolo de poder en la cultura incaica. 

5. Plato con una abrazadera circular en el centro, donde se coloca y sujeta la jícara en que se sirve el chocolate.



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