LA VOZ DE LOS EXPERTOS

El peinetón

Lit. de C.H. Bacle. Extravagancias de 1834. Peinetones en la calle. Foto: Diego Astarita.



Detalle de la exposición Los 50 años de la Donación Celina González Garaño 1963 - 2013. Patrimonio del Museo Isaac Fernández Blanco. Foto: Diego Astarita.



Colección de peinetones exhibida en el Palacio Noel ubicado en Suipacha 1422 de la Ciudad de Buenos Aires. Por restricciones originadas por la pandemia, sugerimos consultar para su visita en Instagram.com/museofernandezblanco. Foto: Diego Astarita.



PATRICIO LÓPEZ MÉNDEZ

Licenciado en Historia, jefe técnico y curador principal del Museo de Arte Hispanoamericano Isaac Fernández Blanco desde el año 2000. Con anterioridad, fue el responsable del diseño museográfico del Museo Etnográfico Juan Bautista Ambrosetti, Facultad de Filosofía y Letras (UBA), Buenos Aires. Ha diseñado y realizado más de una docena de museos en todo el país, desde su construcción y curaduría de montaje, así como su remodelación parcial o total, entre otros, en el Museo del Hombre y el Mar, Puerto Madryn, Chubut;  el Museo Evita, de Buenos Aires, y el Museo Pueyrredón, la Quinta Los ombúes y el Museo del Juguete dependientes de la Subsecretaría de Cultura de San Isidro. Ha diseñado y curado centenares de exhibiciones tanto en el país como en el extranjero a lo largo de cuatro décadas. Cuenta con múltiples publicaciones de catálogos como autor o coautor.

Ha dictado seminarios sobre museos, curaduría y exposiciones, entre otras instituciones, para el Smithsonian Institute de Washington, USA.

GUSTAVO TUDISCO

Museólogo (ENM) y curador del Museo I. Fernández Blanco. Participa en proyectos UBACyT y PICT. Becado por la Dirección General de Comunicación Cultural y la Dirección General de Bellas Artes, Ministerio de Cultura, España, en 1997 y 2005. Últimas publicaciones: “El Museo Fernández Blanco, la materialidad como construcción de un discurso museológico” en Gabriela Siracusano y Agustina Rodríguez Romero (ed.), Materia Americana. “El cuerpo de las imágenes (siglos XVI a mediados del XIX)”, EDUNTREF, 2020, “Mountains, Volcanoes, Stones and Promontories: Eighteenth-Century Marian Devotion and Painting in the Andes” (essay) in Suzanne Stratton-Pruitt, editor, The Art of Painting in Colonial Bolivia, Saint Joseph's University Press, Philadelphia, USA, 2017.

MARCELO MARINO

Historiador de arte por la Universidad Nacional de Cuyo. Sus intereses de investigación están orientados al arte argentino y latinoamericano de la primera mitad del siglo XIX y los discursos de la moda y de la apariencia en sus vinculaciones con la política. Es docente invitado en la Universidad de San Martín y dirige la colección Estudios de Moda publicada por la editorial Ampersand. Actualmente reside en Bristol, Inglaterra.


Por Marcelo Marino, Gustavo Tudisco, Patricio López Méndez

“Siempre hará que se distinga a una porteña del resto de las mujeres del mundo, un adorno especial, un adorno al que tienen como a la vida, o casi me atrevo a decir más que a ella: es una inmensa peineta que parece un abanico convexo, más o menos precioso, y más o menos adornado, según rango y bienes de quien la lleva”.

Alcides d´Orbigny, 1826


Hacia 1810 la peineta española ya había sido introducida en el Río de la Plata, pero no fue sino hasta promediar la siguiente década que este accesorio se transformó en un fenómeno único y peculiar. El castellano Manuel Mateo Masculino López se recibió de oficial peinero en el taller del maestro Lorenzo Mailliet en La Coruña, el 17 de diciembre de 1789. Entrenado en la fabricación de matrices para peines y peinetas de marfil y carey, fue en Cádiz que aprendió a moldear el asta vacuna, produciendo tragaluces para los navíos. En abril de 1823, su vida tomó un nuevo rumbo al desembarcar en Buenos Aires donde montó una fábrica de peines de marfil y peinetas de carey, con 120 operarios y dos locales de venta. No fue el primer peinero en la ciudad, pero sí el primero que cortó, caló y cinceló con máquinas de diseño y fabricación propias, llevando las pequeñas peinetas a formas cada vez más elaboradas y a tamaños que superaron el metro de arboladura, generando así un codiciado objeto de moda, tan fugaz como pregnante: el peinetón.

Su desmesura fue acompañada, proporcionalmente, por el crecimiento de las mangas farol y el vuelo de las faldas, ampliado con múltiples capas de enaguas superpuestas, y que transformaron a las damas en verdaderos relojes de arena ambulantes. Matronas y damitas se registraron en las litografías de César Hipólito Bacle, en los retratos acuarelados de Charles Henri Pellegrini o en las miniaturas de Jean-Philippe Goulu, luciendo orgullosas el novedoso peinetón. Acicaladas con peinados caprichosos, capaces de soportar el peso de una compleja arquitectura sobre sus cabezas, todas ellas fueron la muestra cabal de una sociedad de comerciantes devenida en ganaderos, deseosa de reafirmar su posición con un sello extravagante y evidenciar su crecimiento económico.

La demanda de este artículo suntuario reactivó el comercio en relación con el carey, materia prima importada de Asia, Brasil o el Caribe que sufrió un aumento considerable en su precio de venta. No podemos asegurar que Masculino haya sido el inventor del peinetón, pero sí que, gracias a éste, se convirtió en un empresario poderoso, realizando piezas de notable calidad, adornadas con engarces de oro y esmalte y vendiendo moldes y matrices a sus competidores. Su vertiginosa prosperidad se vio reflejada en el incremento de sus operarios calificados, pero también en los retratos que encargó a Pellegrini: el propio, junto al plano desplegado de una de sus creaciones, el de su esposa, la gaditana María de Jesús Escudero, con un llamativo peinetón y el de su hijo Manuel Bernardino, con frac de confección, guantes de cabritilla y sentado en una policromada silla de importación americana.

Para 1838, el furor de esta moda había pasado y, cuando el daguerrotipo irrumpió en el Río de la Plata una década después, no hubo mujer que osara posar con un peinetón frente a la cámara. De ser un objeto precioso, pasó a ser un adminículo oculto en el ropero, del cual, sin embargo, ninguna quiso desprenderse.

Hacia finales del siglo XIX, los peinetones lograron recuperar su lugar como tesoro en las vitrinas de los coleccionistas como Isaac Fernández Blanco. En 1963, cuando el legado de Celina González Garaño cedió un considerable lote de éstos al museo, la colección Fernández Blanco se conformó como una de las más importantes del país. (1) Junto a la divisa y el chaleco punzó, no hubo otro objeto más característico del período federal. Hoy, para nuestra colección de indumentaria y accesorios, el peinetón es también una de las primeras originalidades en la evolución de las modas en el Río de la Plata.

Nota: 

1. Exposiciones realizadas con una importante presencia de los peinetones conservados en la colección del Museo de Arte Hispanoamericano Isaac Fernández Blanco:

-Cincuentenario del legado Celina González Garaño, 2013.

-La ciudad a la moda, 2019.



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